
La oscuridad susurraba silencio y el silencio se quebró.
El motor tosía con dificultad y decidió ir a morir en la puerta de aquella extraña iglesia. Una nube de humo fue su epitafio. Un golpe en el capó, una blasfemia y una patada en la rueda no consiguieron resucitarlo. Su viejo automóvil heredado no quiso seguir soportándolo.
Reparó en la soledad del lugar.
Casas cerradas.
Miradas tras las ventanas.
La respiración entrecortada de alguien que lo observaba desde la esquina del templo.
—Eh, señor. ¿Me puede ayudar?
Dijo.
El señor salió corriendo.
Era pequeño.
Un niño, quizás.
—Oiga, ayúdeme. Me he quedado tirado.
Su súplica cayó en vano.
Quiso seguir caminando para ver si encontraba algo abierto. Aunque era un pueblo muy pequeño.
Si al menos encontrara algo que comer…
Otra sombra se cruzó por su camino.
Rápida.
No llegó a verla.
Tan solo percibió cómo desaparecía por un recoveco.
—¿Hola?
—Solo necesito un poco de información.
—¡Oh, vamos! ¿Qué le pasa a la gente de aquí?
Tras él, una voz.
—¡Aquí no sois bienvenidos!
En el callejón brillaba una mirada.
Quizás encendida por el rencor.
—Yo solo quiero saber si puedo comer algo, arreglar mi coche y seguir mi camino.
—Aquí no hay nada de eso. Váyase.
Se acercó.
Lento.
Muy lento.
—Si al menos me dijeras dónde puedo encontrar transporte. Solo necesito eso. Llegar a casa.
—No podemos ayudarle.
También era pequeño.
Llevaba un hábito oscuro con capucha.
Tenía un aspecto siniestro.
Pero había algo distinto.
Familiar.
—¿Quién eres?
—Eso no importa.
Dijo mientras retrocedía.
Se acercó despacio, arrinconando sin pretenderlo al misterioso individuo.
Este respondió con un gruñido.
Lo miró a los ojos.
Y descubrió algo.
Aquella cosa tenía hocico.
—Pero…
Se quedó sin respiración.
El extraño ser saltó sobre su pecho derribándolo.
Se golpeó la espalda contra el suelo.
El miedo lo hizo incorporarse de inmediato.
Pensó en un lobo.
Pero no.
Era demasiado pequeño.
Entonces llegó un ladrido.
Y después otro.
Y otro más.
Las sombras comenzaron a salir de los callejones.
De detrás de las ventanas.
De los portales cerrados.
Aparecieron más.
Le estaban rodeando.
—Pero… ¿qué sois? ¿Quiénes sois?
—¿Ya no me recuerdas?
Consiguió escapar esquivando las pequeñas figuras y corrió hacia la iglesia.
Allí se encontró de golpe con una sombra mucho más grande.
Un mastín enorme.
Quieto.
Esperándolo.
Gruñendo.
Frenó en seco.
—Yo solo quiero irme.
—Pues este no es tu sitio.
—¿Se puede saber dónde estoy?
El mastín mostró los dientes.
Por primera vez reparó en que todos los habitantes del pueblo tenían algo en común.
Hocicos.
Orejas.
Colas ocultas bajo los hábitos.
—¿Dónde estoy?
El mastín sostuvo su mirada.
—Este es el lugar a donde vamos cuando nos abandonáis, humano.

Aquí venimos cuando nos abandonáis
Nick Cave & The Bad Seeds – Into My Arms

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