La tirada del destino.

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Tres cartas bajo una carpa que se deshace

La fiesta agonizaba pronto; el frío se estaba encargando de ello. Con triste alegría se retiraban poco a poco. Algunos volvían cabizbajos, con la felicidad consumida en el regocijo de la verbena. Otros hacían pausa en su camino para festejar lo que no habían sabido aprovechar.

Al final del camino estaba la carpa. Maltratada por la intemperie, desafiaba al viento con desgano. Sus colores apagados anunciaban el fin del jolgorio.

Ella quedó atrás. Dejó pasar a sus compañeras de baile para ocultarse en las sombras que conducían al interior de la caseta.

Dentro, la luz parpadeaba como una luciérnaga enferma. Una señora de vestido estridente la analizó con la mirada. Sacó una baraja vieja, la mezcló con arte y dejó una primera carta boca abajo sobre el tapete.

—Vamos, niña. Siéntate.

Obedeció mientras la pitonisa barajaba de nuevo. Le ofreció el mazo para cortar. Mirándola fijamente, giró la carta que aguardaba sobre la mesa.

El Emperador. Boca abajo.

—Tus padres empobrecieron hace poco. Familia noble. Mercaderes con éxito, quizá. Y de pronto, nada. Lo perdieron todo… y te dejaron a ti con sus miserias.

—Yo ya sé lo que ha pasado. Quiero saber lo que va a pasar —dijo la joven, conteniendo la indignación.

—Esta carta es para mí, no para ti. ¿Podrás pagarme?

Sacó de su cintura un billete viejo y lo dejó junto al arcano.

—Bien. Vamos con la siguiente.

Extrajo otra carta. La colocó boca abajo al lado del Emperador y, con gesto ceremonial, la descubrió.

El Loco.

La pitonisa torció la sonrisa.

—No aguantas ya sus penurias. Vas a abandonar a tu familia. ¿Verdad? ¿No eres demasiado joven para enfrentarte sola al mundo? Bueno… tú sabrás.

—Vale. Pero ¿qué sabemos de mi futuro?

La adivina ya tenía preparada la tercera carta. La giró sin apartar los ojos de la muchacha. Al verla, se quedó pensativa.

La Muerte. Boca abajo.

La garganta de la joven se hizo un nudo.

—No es tan fácil como tú lo quieres ver.

—¿Qué dice la carta? ¿Es mala?

—No necesariamente.

—Entonces, ¿qué dice?

La pitonisa inclinó la cabeza.

—¿Crees que el caballero que te ronda es de fiar? ¿Que se ha enamorado perdidamente? Es un hombre lleno de dudas que busca el corazón de una muchacha para olvidar los suyos.

—¿Pero qué será de mí?

—Es incierto. Puede que se acostumbre a ti y te mantenga a su lado. Pero no te amará. Su mundo es otro. Si no… ¿por qué no está casado? ¿Crees que cargará con tu felicidad? Lo desconozco. Lo más probable es que te abandone en un caserón mientras él gasta más dinero del que te entrega para divertirse con sus amigos… o su amigo.

La joven debatía entre lágrimas. Esperaba algo así. Y aun así, había soñado con otra cosa.

—Vivirás bien —continuó la adivina—. Entre lujos discretos. No mucho más que ahora. Pero cargarás con secretos.

La muchacha la miró con una pregunta temblando en las pestañas.

La pitonisa suspiró.

—Sí. Estás embarazada.

Devendra Banhart – Seahorse

La joven apoyó la mano sobre su vientre.
La feria empezó a desmontarse entre la niebla. Ocultándose hasta el próximo año.

Algunas cosas, sin embargo, ya no podían desaparecer.


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