
El medicamento estaba empezando a funcionar.
Un dolor de cabeza rojo para un amanecer rojo como la sangre, desparramándose sobre el mar.
Murmuré un:
—No vuelvo a beber.
No me lo creía.
Y tampoco había nadie para escucharme.
Estaba solo, contemplando el paso de las gaviotas.
Una chica cruzó el paseo.
Vestido brillante.
Tacones en la mano.
Volvía de fiesta.
Como yo.
—Te llamabas Julia, ¿verdad?
Me miró extrañada.
—Nos conocimos el otro día, en la fiesta de Pedro.
Se detuvo, curiosa.
—Pero no me acuerdo… —dijo más para sí misma.
—Sí, bueno. Hablamos poco. Es normal.
—Tengo buena memoria. No sé…
—Eres amiga de Claudia y de Patri.
—Sí, es verdad.
—Me dijiste que hoy salías por El Oasis, que igual coincidíamos.
—Pues sí. Estuve toda la noche con ellas allí. Qué curioso… No te vi.
—Yo tampoco. Estuve con mi amigo Pedro. Martínez, por si lo conoces.
—¿Pedro Martínez? ¿El DJ?
—Sí. Estuve casi toda la noche en cabina.
—¡Guau! Me encanta. Esta noche fue total.
Se acercó.
—Bueno… ¿Y qué haces aquí?
—Mis amigos se fueron al after, pero yo estaba cansado.
—Pero no tenías ganas de volver a casa.
—No iba a perderme este amanecer.
—¿Solo?
—Ahora estoy contigo.
Se sentó sin pensarlo.
—Me encanta.
—A que tú también necesitabas esto.
—¿A qué te refieres?
—A sentir la brisa del mar, notar el calor de los primeros rayos de sol, escuchar las gaviotas a lo lejos…
—Pues ahora que lo dices…
—Sentirte una con el universo.
—Ostras… Sí.
En ese momento le pasé el brazo por encima del hombro.
—Y, sobre todo…
La miré fijamente a los ojos.
—…con compañía.
—Parece que me leyeras la mente.
—Has descubierto mi secreto.
Sonrió.
De esa manera suave y dulce que tienen algunas personas cuando olvidan por un momento que acaban de conocerte.
—Lo malo es que tanto esfuerzo mental me da dolor de cabeza.
Hizo una pausa.
—¿No tendrás una aspirina?

El mejor momento de una fiesta suele empezar cuando termina
Izal – El Baile

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