El sabor de la música

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El sol regaba con sus rayos el prado.

El rocío las hacía brillar.

Las flores eran las protagonistas de aquella mañana de primavera.

Ella las escogía con mimo para preparar un ramo.

A su abuela le encantaban las sorpresas.

Era una margarita.

Y, sobre ella, una pequeña criatura.

Su voz la sorprendió.

—¡Hola!

—¡Qué asco, una cucaracha!

—No, verás. Soy un grillo.

—Bueno… ¿Qué es un grillo sino una cucaracha que canta?

—Pues, para que lo sepas, hay mucha diferencia, niña.

—¿Ah, sí?

—¡Sí!

—¿Y me las vas a decir?

—Claro. En primer lugar, nosotros saltamos; no nos arrastramos. No comemos basura, preferimos las verduras de la huerta. Y, por último, nuestro cantar es sublime.

—¿Sublime? Las cucarachas también cantan.

—Mentira. Y, además, aunque lo hicieran, jamás sería comparable con nuestro trino.

—No te vengas arriba. Hacéis CRI, CRI y ya está.

—Sí… pero de qué manera. Nuestro canto embelesa la espuma del anochecer.

—Hacéis CRI, CRI y ya está.

—Con notas dulces. Con aroma a azahar.

—¿La música tiene sabor?

—Claro que sí. Sabe a miel. A jalea real. Con notas de clavo y jazmín. A piel de limón.

—Me está entrando hambre.

—Con sutiles trazos de fresa.

—¡Qué rico!

—Y nata.

—Ufff…

—Y…

—¿Y qué más?

—Chocolate.

—¿Chocolate?

—¡Sí!

Ella se relamió.

Su mirada brillaba.

Su boca se acercaba.

Retuvo al insecto entre los dedos.

Y, de un solo bocado,

se lo comió.

—¿Y tú… a qué sabes?

Cosmo Sheldrake – Cuckoo Song


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