Al caer la noche II

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El amanecer borró todo rastro de miedo.

La luz abrazaba la copa de los árboles. Desde la ventana se respiraba paz.

La vio volver a casa.

Con el cubo lleno de agua y una sandía bajo el brazo.

«Tampoco está mal.»

Pensó.

«Vista así, a la luz del día.»

Casi no había dormido.

No tenía fuerzas para caminar.

—¿Todavía estás aquí? —le dijo al llegar—. ¿Te gustó lo de anoche?

—Estaba esperando a ver si me invitabas a desayunar.

—Bien. Hay sandía.

—Saldré a mediodía.

—Si quieres, luego te enseño el lago. Está muy cerca de aquí.

—Me parece un buen plan —respondió mientras devoraba la jugosa fruta roja.

Salieron de la cabaña una vez llenaron el estómago.

Ella caminaba alegre.

Él arrastraba los pasos.

Penetraron por un oscuro camino entre árboles y, allí estaba.

Un paisaje idílico escondido para el resto de los humanos.

—Es…

No encontraba palabras.

—Hoy es para nosotros.

Sonrió al decirlo.

Dejó caer la ropa al suelo y corrió desnuda en busca del frío reflejo.

«No está nada mal.»

Pensó al verla nadar.

Saltó sin pensarlo, empapando la ropa a su paso.

Se salpicaron, rieron, hablaron, se amaron…

Y la tarde terminó cayéndoles encima.

—Joder… Siempre me pasa lo mismo.

—¿Siempre?

—Es un decir.

—Seguro que tienes una novia en cada parte de la comarca.

Le reprochó ella, torciendo el gesto.

—¿Y qué más te da si es así?

—¿A mí? Como si te quieres pasar la vida follándote cabras.

—Anochecerá pronto.

—Y querrás quedarte otra noche más.

—Sí.

—Pues mira… No sé si hoy quiero lo mismo de ayer.

—¿Qué quieres? ¿Algo más salvaje?

—Hoy quiero que te vayas a tu casa.

—Pero no puedes hacerme eso. No me da tiempo a volver al pueblo.

—Vale. Te quedas esta noche. Mañana te largas.

—Venga ya, mujer. Lo pasamos bien, ¿no?

—Yo no quiero en mi vida a alguien que vaya saltando de flor en flor.

—Pero si ni siquiera me conoces.

—Pues yo te voy conociendo.

Todavía quedaban restos de luz cuando llegaron a la cabaña.

En silencio.

Sin mirarse.

Ella entró primero.

Él, incómodo por la situación, se quedó un instante junto a la puerta.

—¿Tanto te incomodo?

—¿Qué?

—Estás pensando en largarte, a pesar del miedo que te da hacerlo de noche.

—No es eso.

—Entonces, ¿qué es?

—No sé… Tú no me quieres aquí. A pesar de lo de hoy en el lago.

—Joder… Es que mañana te irás y ya no volverás.

—No sé cómo será mañana, pero hoy estaba bien. Yo qué sé… No sé cómo serían las cosas si no estuviera obligado a estar aquí.

—Nadie te obliga.

—¿Cómo que no? ¡No puedo salir!

—¡Sí que puedes! ¡No hay nadie ahí fuera para impedirlo!

—Claro… Como si mi vida no dependiera de ello.

—No. No hay nadie. No existen monstruos. Aquí, a lo sumo, hay cuatro lobos flacos y miedosos que prefieren comer conejos.

—Venga ya. Nadie sale de noche.

—¿Los has visto? ¿Has visto algo rondando por la noche que mate a los pueblerinos descarriados?

—No, pero…

—Todo es mentira. Para controlar a los catetos como tú.

—¿Eso es verdad?

—¿Los has visto?

—Nunca.

—¿Y escuchado?

—Aullidos… y poco más.

—¿Y algún cadáver descuartizado? ¿O alguna huella?

Silencio.

—¿Y me lo vienes a decir ahora?

Ella se quedó seria.

Él golpeó la puerta.

Respiró hondo.

Y salió de la cabaña.

Corriendo.

Tropezó con algo.

O con alguien.

Enorme.

Oscuro.

Demasiado quieto.

Quizá fueran los últimos rayos de sol.

Era peludo.

Los colmillos asomaban entre una respiración espesa.

—Tranquilo —dijo ella a su espalda—. No te hará daño si no haces nada raro.

Él estaba paralizado.

El monstruo lo observaba.

Deseaba su carne.

Pero no reaccionaba.

—Da la vuelta despacio. No te perseguirá.

Caminó lentamente.

Su sangre era hielo.

Sentía el miedo en la nuca.

Su respiración se hacía difícil.

Pero continuó caminando.

Entró en la cabaña.

Cerraron la puerta.

Y respiró aliviado.

La miró.

—¿Estoy a salvo?

—Siempre lo has estado.

—¿Cómo lo sabes?

Ella sonrió.

—Porque yo controlo a esas criaturas.

…Que la noche pase
y no dañe a mi amado.

Go_A – Zhalmenina


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