Al caer la noche

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El sol comenzó a caer.

Lento.

Entre sus brazos, que no tenían prisa por desatarse.

Al abrir los ojos, ya era casi de noche.

—Joder… Va a oscurecer.

dijo ella.

El pánico asomó a sus ojos.

—No me da tiempo de llegar al pueblo.

—Corre. Sí que llegarás.

—No. Estoy muy lejos. ¿No puedo quedarme en tu casa?

—¿Qué dices? Mi marido te mata si te ve.

—Dile que somos primos.

—Sí, claro…

Ella ya corría a esconderse.

Él miró al cielo.

Suspiró.

Y comenzó a correr.

La puesta de sol quedaba atrás,

dando paso a una oscuridad que crecía,

como una sentencia.

Estaba muy lejos.

No lograría refugio.

El bosque estaba más cerca.

Era su única posibilidad.

Entre los árboles, la luz moría antes.

El último rayo de sol arañaba la corteza de los árboles muertos.

Se escuchaban,

de lejos,

pero los aullidos ya estaban cerca.

Pensó en esconderse.

Pero era inútil.

Ya estaba condenado.

¿Qué era eso?

Una cabaña.

Su última oportunidad.

Corrió hacia ella.

Como si le persiguiera el diablo.

Golpeó la puerta.

Imploró que le dejaran entrar.

Gritó.

Lloró.

Una mujer de pelo sucio y rostro asustado abrió la puerta.

—¿Qué quieres?

—¡Salvar mi vida! ¡Por favor! ¡Déjame entrar!

La mujer se quedó pensando.

Él temblaba.

—Si te dejo pasar debo recibir un tributo. Lo dice la ley.

—¿Qué quieres?

—¿Qué tienes?

—¡Nos van a matar!

—Oh… No son tan rápidos.

—Te daré lo que quieras, pero déjame entrar.

—No sin mi tributo.

—¿Pero qué te doy? ¿Ropa?

Le enseñó los bolsillos vacíos.

—¿Qué te ha hecho llegar hasta aquí?

—No sé… ¿El miedo?

—Sí. Pero ¿qué hacías tan lejos de casa al caer la noche?

—Estaba con una mujer.

—¡Oh! ¿Es el amor lo que te hizo arriesgar tu vida?

—Bueno… Amor…

—Yo hace mucho que no…

Él esperó.

—Quiero eso.

—¿Qué me estás pidiendo? ¿Sexo?

—¿Qué? ¡No! ¡Pervertido! Quiero amor, no que me hagan guarradas.

—Pues sí. Déjame entrar.

—Así no se le habla a una amada.

—Claro que no, mi amor. Permíteme pasar y bailaremos a la luz de las estrellas.

La mujer sonrió.

—Vale.

—Dilo.

—Puedes pasar.

La noche quedó atrás cuando la puerta se cerró.

Con una sonrisa de alivio, él miró el poco agraciado rostro de la mujer.

—Bueno… Supongo que me invitarás a comer.

Ella sonrió.

—¡Ya lo creo que vas a comer esta noche!

Llama encendida.
Umbral cerrado…

Go_A – ШУМ


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