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—La editorial nos ofrece un anticipo de 2.000 €.

—Coño, José Luis, qué poco.

—Ellos calculan que tiene venta. Que podría llegar a unos dos mil ejemplares vendidos, puede que tres mil. Pero no más.

—Pensé que me publicitarían. Creo que podría llegar a vender más.

—Bueno, publicítate tú también. Ellos te lo permiten. Creo que la campaña que preparan contigo es poco más que presentarte en algunos círculos.

—¿Qué? ¿Y los carteles? ¿Y los banners en webs?

—Eso solo lo vas a ver en libros excepcionales.

—Coño, José Luis, que mi libro es bueno.

—Vamos, Juan, tú mismo me dijiste que empezaste a escribir para ligar.

—Sí, es así, pero las cosas cambian.

—Sí, vale, ahora tienes más calidad literaria, pero es todo lo que me ofrecen.

—¡Vaya!

—¿Al menos conseguiste ligar?

—¿Escribiendo? No. Para nada.

—Pues que sepas que lo que escribes es bonito y tú tienes encanto.

—Llevo haciendo cosas para ligar toda la vida. Y poco he conseguido.

—Bueno, estuviste casado veinticinco años, ¿no?

—Sí, pero ella no cuenta. Ella vino a mí.

—Quizás lo que intentaste no llenaba a las chicas. No sé.

—¿Te acuerdas cuando me dio por la fotografía?

—Sí. Qué pesado. Con la cámara todo el día, fotografiando hasta la basura.

—Pues fue con lo único que tuve éxito.

—¿Sí? ¿Cómo fue?

—¿Te acuerdas de Marta?

—Joder, sí. Siempre pensé qué encontraba en ti, con lo buena que estaba.

—Gracias por lo que me toca.

—Compréndelo, Juan. Así, calvito desde los veinticinco…

—Sí, sí. Pues a ella le ponía el «clic».

—¿Cómo?

—Pues haciendo clic. Con la cámara. Verás. Primero paseábamos con la cámara en mano para fotografiar por ahí. Pasamos unas cuantas tardes que, por mucho coqueteo, no cuajaba la cosa. Ella hacía fotos malísimas…

—Como tú.

—Peor que las mías.

—Difícil, pero… ¿qué pasó?

—Pues que un día decidió ponerse delante de la cámara.

—¿Se puso al rojo vivo?

—Por cada golpe de obturador. El primer día casi se desnuda en la plaza del pueblo. Se dejaba llevar sin más. Luego empezamos con fotos de estudio. No veas. No salíamos de casa. No ganaba para carretes y aprendí a revelar yo mismo. Pero mereció la pena.

—Bueno, entonces funcionó.

—Al principio sí. Luego, el novio de su prima le hizo un par de fotos en la playa.

—¡No!

—¡Sí! Terminó con él en el agua. ¡Delante de la prima!

—Luego pasó con un fotógrafo profesional que se debió enterar. Le hizo un reportaje y se fue a vivir con él. Y ahí terminó todo para mí. Se ve que su cámara era más grande.

—La tuya era de plástico, Juan.

—Por lo que sé, siguió pasando de fotógrafo a fotógrafo. Lo último que sé de ella es que se lió con un turista japonés y se fue a su país.

—Pero bueno, al menos le gustaste un tiempo.

—Creo que no fue así, pero, en fin.

—¿Ah, no?

—No. Ella se había enamorado de mi objetivo.

—¿Qué tenía esa cámara?
—Un buen objetivo.

Los Punsetes – Dos Policías


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