
Llegaba tarde.
Lo sabía.
No debió entretenerse.
Pero quisieron pasar por donde se sientan las chicas. La nueva era muy guapa.
Su llave no conseguía acertar con la cerradura.
Tuvo que llamar.
Su hermana, sonriente, le abrió.
—El sacerdote ya está aquí. Te la vas a ganar, mocoso.
Tiró la mochila.
Subió las escaleras.
Estaban todos en el patio interior.
En círculo.
—Íbamos a empezar sin ti —le espetó su padre con enfado.
El sacerdote le miró. Intuyó una sonrisa, aunque con aquella barba espesa no podía asegurarlo.
—Bien. Tú eres el niño que se va a convertir en hombre, ¿verdad?
—Eso creo.
—Comencemos.
Le agarró de una mano. La otra se la tomó su madre. Estaba nerviosa.
—Demos gracias a Dios.
Todos miraron automáticamente al cielo.
—Señor del fuego. Dios Iluminado. Concédenos la paz.
Las voces, a coro, parecían ascender al infinito.
—Agradecemos, Señor —los labios del clérigo no parecían moverse—, que en este día tan especial caiga tu bendición sobre este joven que ansía convertirse en hombre.
Se soltaron de las manos.
El sacerdote indicó con un gesto que se arrodillara y sacó de su sotana una pequeña botella verde.
La elevó hacia el sol.
—Comencemos el ritual de la visión.
El sacerdote comenzó a susurrar.
Su susurro se volvió canto.
Su canto, una plegaria.
Vertió el contenido en una copa plateada.
Un viscoso fluido amarillo, como oro fundido.
—Recibe el don de la visión. Esta es la prueba de tu fe. Bebe de él y verás la verdad.
El joven respiró hondo, bebió un poco y tragó intentando no percibir el sabor.
Sus ojos se abrieron de repente.
Su cuerpo se arqueó.
Su boca se abrió.
Fue como si la esencia de todo su ser saliera por su boca.
Ascendió al cielo.
Atravesó las nubes.
Cruzó la esfera celeste.
Y se detuvo en medio del firmamento.
Las estrellas brillaban mientras él flotaba.
Todo era silencio.
Incluso él.
Ya no era cuerpo.
Era un cúmulo brillante que caía lentamente, atraído por el planeta.
Orbitándolo.
Girando despacio mientras ardía en su regreso.
Rompió el cielo y se convirtió en sombra.
Cayendo.
Deshaciendo su camino.
Hasta que llegó al suelo.
Allí estaba.
Luminosa.
Perversamente desnuda, salvo por su túnica rosa.
Llevaba una rosa en el cabello y una línea pintada en la cara.
Le sonrió.
Le acarició la…
…volvía a tener cara.
Fue entonces cuando comprobó que acababa de abrir los ojos y volvía a estar en casa.
—Rápido, niño —le exigió el sacerdote—. ¿Qué has visto?
—No sé. Una mujer.
—¿Qué más? ¿Cómo era?
—Guapa.
—¿Llevaba algo?
—Azul en las uñas y una rosa en el pelo.
Silencio.
—¿Una túnica rosa?
—Sí. Eso.
Todos se miraban.
Estaban sonriendo.
Lo que había ocurrido era bueno.
—Felicidades, hombrecito. Has sido bendecido por la diosa Luna. Hija del Sol.
Todos le felicitaron.
Su madre lo besaba sin parar.
Su padre le daba palmadas en la espalda.
Su hermana le felicitó con el gesto torcido.
—Déjenme solo con el hombrecito.
Se hizo la paz.
—Felicidades. ¿Cuál es tu nombre?
—Irash.
—¿Te lo dijo ella?
—No… No lo sé.
—Ahora que sabemos que tienes el don de la visión, puedes usarlo cuando quieras.
—¿Cuándo lo necesite?
—Sí. Te tendré que instruir, pero sí.
—¿Y podré usarlo a mi antojo?
—Claro. Es algo inofensivo. No hace mal a nadie.
El joven se quedó pensando.
—Cuando lo use…
—Arranca ya. ¿Qué quieres saber?
—¿Podré mirar a las chicas cuando se bañan en el lago?

El cuerpo termina donde comienza la visión.
Led Zeppelin – Kashmir

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