Las moscas

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—Malditas moscas.

Se quejó, palmeando el aire. El verano azotaba como un látigo. Los bichos eran un efecto colateral. La señora, en el porche de su casa, esperaba a que la temperatura fuera más benigna.

—Sí, Roberto, tenemos que cortarlo. Yo creo que los bichos vienen porque el jardín está descuidado.

Explicó al aire, gesticulando.

—Hombre, claro, antes del sábado. Quizás venga Pedro a visitarnos.

Unos niños pasaron frente a la casa. Se reían sin parar. El más pequeño señaló a la señora. Ella, ajena a lo que ocurría fuera, seguía planificando.

—Después podríamos recortar el seto. Está muy alborotado.

Una pareja aparcó frente a la casa. Al salir de su automóvil se quedaron mirando a la anciana.

—Sí, sí, es como un trabajo de peluquería. Ya sabes, allá por el 86 trabajé en una. Se me daba bien. También me daba dolor de espalda.

La vecina volvía de su paseo. Prestó cierta atención a la conversación que mantenía aquella señora. Se acercó a su verja.

—Hola, doña Asunción.

—Hola, Encarna. ¿Qué tal? ¿Haciendo ejercicio?

—Sí, hay que mantenerse en forma.

—¿Quieres un café?

—Oh, no, gracias. Quiero mantener la tensión a raya.

—Bien que haces, hija, que luego son todo problemas.

—Doña Asunción. Por casualidad he estado escuchando ahora y…

—Coincide conmigo con que el seto necesita un recorte, ¿verdad?

—Eh… Sí, sí. Yo también lo veo así. Pero no me refería a eso…

—¿El césped? Sí, necesita un repaso.

—Sí, sí, también, pero yo quería decirle que…

—Que hay malas hierbas.

—Ah, pues no llegaba a tanto. Es otra cosa lo que me preocupa…

—¿Que las enredaderas lleguen a su casa?

—No. Eso no me importa.

—Entonces, ¿qué es lo que le ocurre?

—A mí no. A usted.

—¿Qué es lo que me ocurre? Me estás asustando.

—Que habla sola. Se pasa el día hablando sola.

—¿Que yo hablo sola?

—Sí. Lo estaba haciendo ahora mismo. Yo comprendo que don Ramiro murió hace poco…

La señora se agachó con cierto trabajo y agarró algo. Lo puso con cuidado encima del pasamanos.

—En verdad hablaba con él.

Él maulló con desgana.

—Pero… ¿no querrá que ese animal se encargue del seto?

—No. Eso lo haré yo. ¿O no me ves capaz?

—Claro que sí, doña Asunción.

—Este solo me va a acompañar. No se despega de mí.

—Lo siento, doña Asunción. Solo fue un malentendido.

—No te preocupes, Encarna. Verás qué risa cuando se lo cuente a Ramiro.

Ramiro no se había ido.
Volvió más peludo.

Adele – Lovesong (The Cure)


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