
Ya lo sabía.
Terminaron las caricias.
La luz se apagó tras de mí.
Cerró la puerta de golpe.
Arranqué.
Puse la primera.
Y avancé.
Sin rumbo.
El cielo no pudo más.
Quiso caer el sol.
Mil rayos entre nubes.
Y en mi mente, caos.
Paré por fin.
No sabía dónde había ido a parar.
Tenía sed.
Ahí estaba. En medio de una polvorienta carretera. Un motel que parecía abandonado. Bajo el edificio, un bar. O una sala de fiestas para paletos. O un prostíbulo. No se distinguía bien.
Buen lugar para tomar una cerveza. Puede que hasta pudiera comer algo.
El camarero no sonrió.
Me lanzó una afilada mirada.
Pregunté.
Hubo suerte.
Rubia, bien fría y acompañada de un bocadillo.
—¿No es de por aquí, verdad?
—No. Vine por casualidad.
—La gente no se suele parar aquí. Salvo que lleves un camión. ¿Es tu caso?
—No. No lo es.
—¿Y moto?
—Bueno… Aparte del B, tengo el A.
—¿Qué tipo de moto?
—Tenía una Indian. La destrocé en un accidente.
La cara del camarero cambió.
Sabía sonreír.
—Entonces eres bienvenido.
—¿Esto es un club de motoristas?
—Abrí este bar con la esperanza de conseguirlo. Ambiente americano, billares… Ocio para los chicos que se pasan la vida en la carretera.
—La idea es muy buena, pero no hay mucha gente.
—Ya ves. Aunque ha habido tiempos mejores.
El malote calvo que había detrás de la barra resultó ser agradable.
Hablamos de los cambios que da la vida. Del rugido del motor del tiempo. De poner freno a tiempo cuando las curvas ya no son suaves. Y de acelerar cuando quieres llegar a tiempo.
Mientras tanto, ella bailaba sola.
Llevaba tres cervezas cuando caí en la cuenta.
—¿Está abierto el hostal?
—Y menos mal que lo está. Sobrevivo gracias a sus clientes.
—Pues tiene pintas de estar vacío.
—Temporada baja. Se llena en primavera y verano por ser sitio de paso.
—Voy a ver si me dan una habitación. Pienso beber un par de cervezas más.
—Yo te guardo el sitio.
—¿Y otro bocadillo?
—A los moteros les gustan las hamburguesas, ¿no?
—Ya te digo.
—¿Una especial de la casa?
—De acuerdo.
Volví con un enorme llavero con el número 32 grabado.
Sonreí al volver a ver a la chica rubia bailando al son de la gramola.
I wanna rock and roll all night and party every day.
Tenía buena pinta, mejor aroma.
La hamburguesa me llamaba por mi nombre, me suplicaba por un bocado.
—Si estuvieras en mi pueblo, en cuanto se enterase la gente de que haces este tipo de comida, se te llenaba el bar.
—Aquí prefieren comer cocidos y asados.
—Pues está espectacular.
La chica dejó de bailar.
La música dejó de sonar.
Ella buscaba en los bolsillos de sus minúsculos pantalones.
—¿Esta chica viene a menudo por aquí? —pregunté a mi amigo de detrás de la barra.
—Es la primera vez que viene. Supongo que será cliente del hostal.
Busqué en mis bolsillos.
Tenía un par de euros sueltos.
Me dirigí a la gramola.
Sonreí en forma de saludo y pregunté:
—¿Puedo elegir yo ahora una canción?
—Depende —me dijo con una sonrisa pícara—. ¿Vas a bailar conmigo?
Rodó la moneda.
Pulsé el botón exacto.
La gramola rugió con un riff pesado, lento y magnético.
A ella se le encendió la mirada.
Mi voz sabía qué hacer.
—Have you got colour in your cheeks?
Do you ever get that fear that you can’t shift the tide?
—Es una sorpresa que alguien de por aquí conozca esta canción.
—Ah, no. No soy de aquí.
Ella había bailado ya lo suficiente.
Ahora prefería hablar.
Así que preguntó.
Le interesaba mi vida. Lo más cotidiano.
Supuso una ruptura e indagó hasta que se lo conté todo.
—¿Es muy guapa?
—No solo eso, tiene la mirada precisa, la sonrisa perfecta…
—¿Como la canción de Silvio?
—Exacto.
Sonrió en una pausa.
—Entonces es peligrosa.
Terminé mi historia con una puerta cerrada y un viaje en coche hasta un lugar desconocido.
Terminé la noche con una lágrima contenida.
Unas cervezas de más y una extraña forma de comenzar de nuevo.
Supe que no podía más.
Aun así, hice un último intento.
—Creo que me iré a dormir. ¿Subes conmigo?
Ella sonrió.
—Creo que no estás preparado. Necesitas un poco de duelo.
—Está bien. ¿Te volveré a ver mañana?
—Quizás otro día. Mañana estaré lejos.
Ella me besó los labios.
Fue una despedida lenta y rápida al mismo tiempo.
Dejó tras de sí otra puerta cerrada.
El dependiente miró a la mujer.
Ella se aproximó a la barra.
—¿Tienes la muestra de saliva?
—Sí. ¿Qué te parece el espécimen?
—Creo que es bueno. Merecerá la pena su estudio.
—Bien. Hagámoslo.

¿Y si no fueras tú quien se ha salido de la ruta?
Arctic Monkeys — Do I Wanna Know?

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