
Un día, los colores empezaron a diluirse. Lo noté cuando el marrón del mueble del comedor se tornó sucio. Pero no le di importancia. Estarían mal los reflejos, o el desgaste del mundo se habría alimentado con el barniz.
Pronto percibí que mi ropa se me antojó descolorida, que los programas de televisión emitían tristeza y que el frutero mantenía manzanas bajas en pigmentos.
Me empecé a preocupar con la luz gris del sol. Con un mar de tentaciones transparentes, que dejaban los peces volando entre nubes. Y el cielo se volvió negro, con estrellas blancas y una luna triste y desamparada.
Me asusté cuando empecé a comprender que afectaba a su significado. La sangre azul noble degradó a rosa y amarillo. La esperanza se volvió turbia, como el mar revuelto, que ya carecía de color.
Así que dejé de ver la vida de color rosa y comencé a prescindir del tecnicolor. La lluvia seguía siendo transparente, pero ya no tenía el aroma terroso en sus gotas. El sabor cambió de matices y los matices de sentido. Y el calor del sol dejó de ser amarillo.
¿Por qué tus ojos seguían siendo verdes? ¿Y seguían llamándome despacio para que fuera recordando tu nombre?
Le conté mi situación a un amigo y sonriendo me dijo:
—Tu problema es que vives tan en el pasado que has retrocedido a cuando todo era en blanco y negro.

¿Qué tonalidad se aferra a la memoria cuando el mundo decide desteñirse?
Los Planetas – Nuevas Sensaciones

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