
La melodía me acercó a otro mundo.
A otro lugar.
¿Cómo pueden unas cuantas notas sueltas transportarme a un lugar tan lejano?
Pero allí estaba. Viéndome en blanco y negro. Notando el parpadeo en la imagen a mi alrededor, como una cinta de celuloide quemada por el tiempo.
Caminé por el barrio que me vio crecer. Caras conocidas saludando al pasar. Aroma a café, tabaco y azahar. Siguiendo el camino, me di cuenta de que llegué.
Mi viejo colegio, que ya era antiguo entonces. Maquillado de pintura fresca y cicatrices de balones fugados. Con brillos de luciérnagas en los pasillos, charcos grises en el patio y una nube negra explicando truenos desde el encerado.
Te vi llegar tarde. Como siempre. Golpeaste la puerta y entraste apresurado. Pidiendo permiso, rezando un perdón. Sabiendo que la oscura silueta de sombras sonreiría despacio, entre el restallar de los azotes y las lágrimas de otros.
Las ganas de salir corriendo desaparecieron. Con los últimos acordes se difuminó el recuerdo.

¿Es la música o es la memoria?
Black Sabbath – Solitude

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