
Tras la certeza de haber cerrado, escuché un sonido.
Era el chirrido metálico de las bisagras de esa puerta. Blasfemé al aire, volví sobre mis pasos y empujé la manilla con firmeza. Escuché el chasquido de la cerradura y abandoné el pasillo, distraído.
Varios pasos después volvió a sonar. Esta vez más lento, arrancando una nota salvaje al consuelo del silencio. Esta vez el improperio fue más rudo. Volví a empujar la hoja de madera hasta golpear el marco. Me aseguré de que el cierre se hubiera completado y salí silbando hacia mi lugar de descanso.
La melodía de un antiguo sortilegio volvió de nuevo a mis oídos. Pensé en prenderle fuego, pero tan solo revisé el mecanismo. Pestillo y resbalón se movían con la gracia de una bailarina al son del tirador. Golpeé con ganas y comprobé si se quería abrir otra vez. Dijo que no. Que prometía quedarse cerrada esta vez.
Estaba a punto de llegar. El sillón suplicaba por mi peso. La televisión sintonizaba con mis latidos. Pero no pudo ser. Ese horrible lamento de puerta vieja llegó de nuevo a mis oídos.
Empujé con ganas, sonó a quebrado. Giré el pestillo hasta agotar el giro. Pero esta vez no me fui. Me quedé esperando. Soñé con madera y clavos. Y con un buen martillo. Pero mi mal pasajero seguía cerrado.
Ya me iba cuando sonó el timbre. Usé la mirilla para resolver el misterio. Y allí estaba ella. Llaves en mano, bolsas al hombro y el asombro pintado en la cara. No era un sortilegio ni un mecanismo roto. Era mi propia vida golpeando el marco, rescatada del olvido.

Un giro de pomo y el fin de la función; el lamento, al final, venía de fuera.
Los Males Pasajeros – Love of Lesbian

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