
Era kilométrica.
La cola salía por la puerta del establecimiento.
Respiró hondo, tomó un número y preguntó por el último. Se resignó a contemplar el paisaje mientras avanzaban los cabreados afectados de la compañía de transportes.
No podía negarlo.
El lugar era precioso.
Una cascada de colores en una ciudad imponente, sepultada en una selva que se abría paso ordenadamente entre las viviendas. Un sistema regulador de temperatura mediante aspersores creaba arcoíris permanentes sobre las avenidas. Una enorme arteria recorrida por vehículos autogestionados mantenía conectados todos los rincones de la ciudad.
Y en el horizonte, dos imponentes astros iluminaban el cielo de norte a sur.
Habría sido un buen destino, de no ser por el problema que había venido a reclamar.
Aunque, mirándose en el reflejo de un escaparate, quizás el cambio no había salido tan mal.
Observó sus curvas.
El cabello ondulado moviéndose con el viento.
Los ojos de un azul imposible.
Incluso el vestido que le habían asignado al llegar le sentaba de maravilla.
Quizá una pulsera como las que vendían allí…
La cola avanzó con rapidez.
Logró acceder al edificio en menos de una hora.
Por dentro era una oficina completamente normal.
Como las que estaban tan de moda en su ciudad natal.
Minimalista.
Eficiente.
Y tremendamente sosa.
En una de las mesas, una señora con el mismo vestido azul gritaba a un operario sin mostrar la menor compasión.
Más atrás, un joven atlético sonreía demasiado.
En fin.
Ya le tocaba.
Tomó asiento y esperó el saludo protocolario.
—Hola, buenos días. ¿Me facilita su código de identidad?
—Claro. 75a925R1137.
—Don Miguel Sánchez Iriarte.
—Correcto.
—Treinta y dos años. Nacido en Guadalajara. Incorporado a la Quinta Expedición como técnico especialista en medios energéticos.
—Sí, esos son mis datos.
—¿Cuál es el motivo de su reclamación?
Miguel arqueó una ceja.
—¿A usted qué le parece?
—No sabría decirle. No me han puesto en antecedentes. Tendrá que explicármelo.
Miguel suspiró.
—Estoy muy guapa para llamarme Miguel, ¿no?
El operario asintió con profesionalidad.
—Comprenda, don Miguel, que algunas personas aprovechan las transmisiones para solicitar cambios de identidad posteriores.
—Bueno, en mi caso me conformaría con parecerme un poco más a quien era antes.
—Entiendo. Déjeme revisar la documentación del proceso de transmisión cuántica.
—Eso. A ver qué encuentra.
El empleado recorrió varias pantallas.
De pronto levantó una ceja.
—Ah. Aquí hay algo.
—Ya me parecía.
—¿Comprende cómo funciona el proceso de transmisión?
—Sí. Me lo explicaron antes de contratar el servicio.
—Perfecto. En ocasiones excepcionales, durante la conexión con el cuerpo huésped que fabricamos para el viajero, la línea cuántica puede desviarse y vincularse con otro sujeto compatible.
—¿Me está diciendo que mi cuerpo se ha intercambiado con otro?
—En este caso, sí.
Miguel se dejó caer contra el respaldo.
—Fantástico.
—No se preocupe. Es una incidencia rara, pero perfectamente solucionable.
—¿Podrán recuperar el que me pertenece?
—Por supuesto. Volverá a ser exactamente como era antes.
—¿Y qué ocurrirá con este cuerpo?
—Regresará a su propietaria legítima.
Miguel guardó silencio unos segundos.
—Bien.
—Además, le descontaremos un cinco por ciento del importe total por las molestias ocasionadas.
—No era eso lo que iba a preguntar.
—Tenga en cuenta que es una compensación considerable.
—Sí, sí. Lo veo razonable.
—Entonces, ¿qué desea saber?
Miguel miró sus manos.
Después el reflejo azul de la cristalera.
Después al funcionario.
—¿Podré conocer durante el proceso a la propietaria legítima de este cuerpo?
El operario dejó de escribir.
Lo observó durante unos segundos.
Y sonrió.
Por primera vez en toda la mañana.

Tu reflejo parecía conocerme mejor que el mío.
La Bien Querida – Poderes Extraños

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