Marcas en la espalda

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Estaba allí.

Pasmado.

Sin hacer nada.

—Cobarde.

Lo dijo entre susurros mientras bajaba la mirada.

Dolor.

Ya no veía más que dolor.

El asno que la transportaba rebuznó, compartiendo su sufrimiento. Entonces comenzó la lenta marcha hacia el exilio.

A cada paso, el recuerdo de la fusta sobre su espalda.

Así fue su expulsión.

Y él se quedó allí.

Olvidado.

Su mente no aguantó más. La inercia terminó depositándola junto a la vereda de la ría, entre laureles. Su compañero orejudo permaneció a su lado, velándola como si asistiera a un entierro.

—Ha abierto los ojos.

Escuchó una voz lejana.

—¿Ya no se va a morir?

Eran niños.

—Marisa me dijo que no.

¿Dónde estaba?

—Corre, avisa a mamá.

Vestían de gris. Una niña llevaba un pañuelo que cubría su cabello.

Al verla, intentó incorporarse, pero el dolor se lo impidió.

—Tranquila. Ya habrá tiempo para eso.

Volvió a dormirse.

Cuando despertó encontró unos ojos verdes.

Curiosos.

Llenos de vida en un cuerpo tan pequeño.

La niña la observaba con atención mientras una mujer removía algún ungüento en un cuenco de barro.

La situación le resultaba extrañamente familiar.

Solo que no sabía cómo había llegado hasta allí.

—Ya estás mejor.

Era la misma mujer que había visto antes.

—¿Eres bruja?

La pregunta la sobresaltó.

Recordó el látigo.

Las manos atadas.

El peso de su propio cuerpo suspendido.

Y el dolor de verse partir dejando atrás cuanto conocía.

—¡No!

—Pues tu espalda no dice lo mismo.

—No soy bruja.

—Pero te han acusado de ello.

Asintió con inseguridad.

—¿Por qué te acusaron?

—Por una simple receta que tenía en casa.

—¿Para preparar comida?

—Para preparar un remedio.

—¿Ayudabas a la gente?

—Sí. Pero cobraba por hacerlo.

La mujer sonrió.

—Bien. Aquí somos todas brujas.

La recién llegada la miró sin comprender.

—Si eres trabajadora y no nos das problemas, podrás quedarte entre nosotras.

—¡Valme Deus!

—No. Nosotras sí. Él no.

—¿Qué?

—Dios.

La mujer siguió removiendo el ungüento como si hablara del tiempo.

—No lo queremos aquí.

La recién llegada permaneció en silencio.

—El sufrimiento que hemos pasado todas ha sido voluntad suya. Así que no es bienvenido.

La niña levantó la vista y sonrió.

—Bienvenida al pueblo de las brujas.

La herida que me expulsó me llevó hasta mi hogar

Maria Rodés – La Extraña


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