La fruta roja

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Una figura solitaria de pie en un callejón urbano rodeado de vegetación y graffiti de Coca-Cola, con una ciudad de fondo.

El maltrecho muro apenas aguantaba su peso. Se apoyaba en un antiguo cartel. Algún día fue rojo y anunciaba un refresco.

Sus gafas oscuras se deslizaron hasta la punta de la nariz.

Entornó los ojos.

Hizo un gesto al tipo que tenía enfrente y empezó a caminar.

Se cruzó con un transeúnte con cara de despistado.

Empezó a abrir la verja del parque.

Estaba oxidada.

—Eh, compá, ¿dónde vas? —dijo el despistado.

—Ahí dentro hay yuriba. ¿Ves? —respondió, señalando un grotesco árbol del que colgaba fruta roja.

—¿Yuriba?

—Ajá, compá. Yuriba pa flipá.

—Ya. Pero aquí está la monrragona.

—La monrragona se fue ya.

—¿Que se fue, compá? ¿Onde se fue?

—A cazá. La monrragona tie que comé.

—A ti te va a comé como quieras entrá.

—Que no, compá. Que yo la vi y se fue.

—¿Pero cómo se va si la tenemos cerrá?

—Volando, compá. Tie alas. Ayúdame, antes de que venga y la yuriba pa los dos.

—¿Cómo sé yo que no está?

Agarró una lata oxidada y la tiró tras los muros del parque.

Pronto llegó un sonido metálico.

—¿Lo ve, compa? La monrragona chilla si escucha ruido. No está.

—¿Hay mucha yuriba?

—Veinte. No menos.

—¿Y si viene la monrragona?

—Entonces a corré. Tú mira el cielo. Venga, ayúdame, compá.

—Qué diablos. Vamos.

—Pero no tenemos todo el tiempo. Hay que contá.

—¿Cuánto?

—Dosciento, en cuanto abramos la verja. Venga.

Agarró el oxidado pomo y empezó a tirar.

El chillido rasgó el silencio.

Empezó la cuenta atrás.

200. 199. 198.

—Rápido, corre a por la yuriba, compá. Yo aseguro que esto no se vaya a cerrá.

197. 196. 195.

Avanzó entre la maleza.

Había un claro frente al árbol.

Entre la arena asomaban figuras blancas que recordaban a huesos.

Eso le hizo dudar un instante.

194. 193. 192.

Salió de pronto un apéndice del suelo.

Empezó a enredarse sobre él.

Era leñoso y raspaba.

191. 190. 189.

Contó numerosas espinas afiladas que se aferraban a él.

Empezó a ser engullido por la tierra.

188. 187. 186.

El otro estaba apoyado en la oxidada verja.

Los gritos lo alertaron.

Corrió hacia allá.

185. 184. 183.

Ya casi no se podía mover.

Estaba enterrado hasta la cintura y seguía bajando.

Ya no gritaba.

Sus ojos abiertos miraban al cielo.

182. 181. 180.

Al verlo, se alejó.

Avanzó hasta donde colgaba la yuriba.

Recogió solo la que estaba a mano.

Siguió contando.

109. 108. 107. 106.

Estaba terminando la cuenta atrás cuando decidió volver.

Contaba con dieciocho frutas rojas.

16. 15. 14.

Ya casi no se le veía la cabeza.

Se despidió de él.

—Hasta luego, pringao.

3. 2. 1.

Cerró la verja con esfuerzo y se sentó al lado.

—¿No hay alguna pa mí?

—Pa ti no. Ayúdame la próxima ve, compá.

—Sí. Pa que me coma como le pasó al pringao.

—No pasará. Tú sabe bien que la monrragona es el árbol de la yuriba.

Banshee – Fairy Metal


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