
Tras el “Podemos ir en paz”, el párroco se quedó observando a sus feligreses.
Sonrió, satisfecho, al ver tropezar a las viejas del primer banco.
Caminó despacio hacia la salida y respiró hondo.
Frente a él, un señor con sombrero de copa y traje negro.
Un platillo de metal a sus pies.
Mirada triste.
Digna.
—Pero, don Honorato… —refunfuñó el cura—. ¿No le da a usted vergüenza?
Alzó la vista, apenas por encima del bigote.
—¿Por qué habría de dármela?
—Pidiendo en la puerta de la iglesia… a su edad.
—No me avergüenzo, no.
Lo que hago es muy digno.
El cura frunció el ceño.
—¿Dónde está la dignidad? ¿En quitarle el sustento a los mendigos de la zona o en engordar aún más su cuenta?
Don Honorato arqueó una ceja.
—No se confunda, don Vicente.
Esto es un acto altruista.
—Y encima mentiroso.
Dios habrá de juzgarle.
En ese momento, un hombre con boina dejó caer una moneda en el plato.
El tintineo fue generoso.
Desde la sombra, un grupo de desaliñados rompió en aplausos.
El cura los miró, incrédulo.
—Que sepa que esta es la mejor forma de ejercer la caridad.
—¿Dejando a estos desgraciados sin nada?
—¿Cómo se atreve?
Les ofrezco algo mucho más valioso.
—¿Sombra?
—No. Formación.
Si les doy una moneda, comerán hoy.
Si les enseño a pedirlas… comerán siempre.
El cura resopló.
—¡Ande y deles ese dinero!
Don Honorato sonrió levemente.
—Como guste.
Aunque pensaba dejar un treinta por ciento en el cepillo.
El cura se detuvo.
Lo miró.
Y carraspeó.
—En ese caso… quizá pueda enseñarle yo a usted.

¿cuánto cuesta una buena intención?
Leonard Cohen – Suzanne

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