
La oscuridad no diferenciaba el color de su piel. Ella acariciaba su pecho, él no quería rendirse al sueño. El tiempo amenazaba con separarlos una vez más.
—Podrías venirte a vivir aquí.
—Sabes que no puedo.
—¿Por qué no?
—Sabes que no.
—¿Y yo? ¿Por qué no me puedo ir a vivir contigo?
—Allí no resistirás ni una semana. Es más, ¿de qué ibas a vivir?
—No sería la primera mujer que vive a costa de su pareja.
—Sabes que es distinto. Además, es peligroso.
—Pero yo no quiero seguir así. Te necesito cerca.
Él respiró hondo, se incorporó. Las sombras dibujaron un boceto de su imposible fisonomía. Acarició su cabello con ternura.
—Yo también. Pero ¿qué hacemos?
—¿No hay algún sitio neutro?
—Podría haber. Pero sería…
—¿Qué?
—Un purgatorio.
—Nos acostumbraremos. ¿Te imaginas? Poder vivir juntos, poder charlar todas las tardes sobre cómo nos ha ido el día, hasta podríamos pensar en tener un hijo.
—Sabes que es imposible.
—¿Por qué?
—Porque somos diferentes.
—¿Y eso es una pega?
—Vamos a ver, somos incompatibles como organismos.
—No lo entiendo. Se han escuchado historias de…
—Son solo leyendas, no es posible por nuestra fisionomía.
—¿Y adoptar?
—¿Cómo vamos a hacer eso? ¿Raptamos a un niño aquí y lo llevamos a un lugar inhóspito?
—¿Allí no hay niños?
—Allí funcionamos de otra forma.
—Pues qué mierda.
Ella acarició su cara, pasó su mano por su larga barba, rodeó con su dedo las astas que le salían de su frente. Y suspiró.
—Quizás sea imposible lo nuestro.
—Quizás simplemente sea distinto.

A pesar de todo, todavía nosotros
Agnes Obel – Riverside

Deja un comentario