
El sol salió, observó la Tierra y se volvió a esconder.
Las estrellas salieron de nuevo y se miraron confusas entre ellas.
La más brillante tintineó una pregunta.
—¿Se puede saber qué le pasa al cabezón? ¿Por qué no quiere salir?
—Está deprimido. Seguro —sentenció la pequeñita de la cola de la Osa.
—¿Todavía anda enamorado de la Luna? —preguntó la que apunta al sur.
—No, ya no —observó la brillante naranja—. Se aburrió de los eclipses. Dice que es fría y distante y que, de tan pequeña, no cabe ni en uno de sus rayos.
—Es que tiene muchos rayos —razonó la pálida y azul.
—¿Qué vas a entender tú de rayos con lo pequeñita que eres? —acusó un asteroide.
—¿Pequeña? Eso es porque estoy muy lejos. Soy diez mil veces más grande que tú.
—Pero ¿Qué le habrá pasado al viejo soleado? —se siguieron preguntando las estrellas.
—Para mí que tiene insolación —dijo el planeta que jugaba al hulahop.
—Sí, de tanto mirarse en el espejo —ironizó la de la punta de la flecha.
—Que no, chicas —dijo la que tenía cola y andaba de paso—. La culpa la tiene esa.
—¿Quién? —preguntó la que cruzaba la cuerda de la lira.
—Ese planeta azul, con nombre de arena —respondió la fugaz—. ¿Ves? Tiene hongos.
—Pues sí que es verdad —observó la verde que parpadeaba—. Son como setas de humo raro. Huele a Júpiter cuando tiene tormenta.
—Claro. Está infectada de humanos —dijeron las binarias sabelotodo—. Cuando tienes humanos pasan estas cosas.

Cuando el sol duda, la noche pregunta.
The Police – Walking On The Moon

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