
Sí.
Él ya lo sabía.
Que no era más que comida.
Que llegaría su hora.
Y ese sería su final.
Sin dolor.
Sin despedidas.
Con el mismo cuidado higiénico que merecen los alimentos.
Tenía que comprenderlo.
Es un ciclo.
Una criatura vive porque otra deja de hacerlo.
Así fluye la vida.
Pero, en lo más profundo de sus entrañas…
No podía aceptarlo.
No.
Él no.
No podía ser comida.
Las cosas cambian cuando dejan de ser «algo».
Porque tenía un nombre.
Alfred.
Y ese nombre era un eco constante en su cabeza.
Le robaba el sueño.
Le hería en silencio.
Aquella noche fue a verlo.
Abrió la puerta del corral.
Y salieron todos.
Corriendo.
Él, sin embargo, permaneció a su lado.
Con aquellos ojos verdes clavados en los suyos.
—Tienes que correr hasta el bosque.
Rápido.
Alfred echó a correr con el resto.
Pero se detuvo un instante.
Miró hacia atrás.
Y le dijo, en aquel extraño idioma que solo existía entre ellos:
—Gracias.

Es difícil olvidar tu nombre
Marea – El Perro Verde

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