La sombra

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La mochila demasiado grande, la falda demasiado corta. Su mirada, su mirada era una imposible trayectoria húmeda que intentaba perseguir el futuro sin mirar atrás.

Pero no lo consiguió.

Y ahí estaba.

Una sombra.

—No me persigas.

Caminaban lento.

Una delante, decidida a intentarlo.

Otra detrás, por si pasaba algo.

Se volvió de nuevo.

—Márchate.

La sombra se paró.

Ella se quedó mirando.

La sombra aulló.

—Sí, ya sé, es difícil, pero tiene que ser así.

La sombra esperaba, quieta, a que empezara la tormenta. O quizás a la luz del sol que sofocara la lluvia.

—No es por ti.

Dijo.

La sombra volvió a aullar.

—Sí, es por ellos.

El silencio envolvió el camino.

—No me comprenden. Me hacen daño. Siempre sus normas, siempre sus prisas.

La sombra se sentó.

—Nunca entiendo por qué. Tampoco creo que tengan la razón.

Otro lamento recorrió el silencio.

—O sí. Y quien no entiende soy yo.

Sus orejas señalaron el cielo.

—Lo peor es el silencio.

La sombra descansaba en el suelo.

—El suyo y el mío. Sí.

Las nubes dejaron aparecer un pequeño rayo de sol. Pequeño como el mundo, girando constante en un universo que no siente su presencia.

Un lamento volvió a surgir del silencio.

Esta vez no era la sombra.

Se levantó.

Se aproximó lento.

Agachando la cabeza hacia su mano.

Ella lo miró.

Él la miró.

Y aulló.

—Venga.

—Volvamos a casa.

—¿Por qué me sigues?
—Por si pasaba algo.

Extremoduro – La vereda de la puerta de atras


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