La farola del mar

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Una mujer con vestido blanco de época de pie en una barca en un entorno oscuro, con luces tenues y humo a su alrededor.

El horizonte estaba lejano

y el mar era eterno.

Se divisaba una estela de humo junto a la puesta del sol.

Ella suspiró,

y la noche cayó.

Su traje blanco ondeaba con el viento, trágico como las horas de espera, impaciente como el camino sin rumbo.

Ella suspiró de nuevo.

Él contempló su paciencia.

—¿Otra vez aquí, señorita? —preguntó el uniformado.

—¿Y qué mal hay en ello?

—Hoy han llegado ya todos los barcos.

—Queda uno.

—¿Cree usted que vendrá en él?

—Sé que llegará. Puedo esperar aquí, ¿no?

—Puede. Siempre que lo que espere sean pasajeros.

—Entonces, puedo estar aquí.

La sombra de la luna lo iluminó a lo lejos. Surcaba lentamente el mar, camino del puerto.

Ella contuvo el suspiro.

—¿Me está vigilando?

—Por su seguridad.

—Si es así, le aviso de que sé defenderme.

—¿Y si no?

—Si no, me gustaría saber qué delito estoy cometiendo.

—Eso no lo sabré hasta que me demuestre qué se trae entre manos.

—Ya se me hace pesada la espera para que usted me esté controlando.

La farola replicó con desgana.

Él seguía allí.

Con su uniforme impoluto, sus botones negros y el correaje desgastado.

Ella lo observó en secreto, con el rabillo del ojo. No sabía si la estaba investigando o si simplemente esperaba un golpe de viento contra su vestido nuevo.

Poco a poco llegaron.

Madres con sus hijos, ancianos, novias vestidas para atraer a su amado.

El comité de bienvenida de cualquier puerto.

El navío se iba acercando. Los estibadores comenzaron a preparar la llegada.

Él seguía vigilando.

Ella le sonrió con descaro.

El horizonte se estaba ocultando.

Lanzaron los cabos. Ajustaron la tensión y prepararon el desembarco de los pasajeros.

Algunos saludaban alegres; otros volvían cabizbajos.

Ella los miraba a todos, buscando.

El uniformado estaba a lo lejos, vigilando.

Unos gritos llamaron su atención.

Pero eran de júbilo. Nada que importara a su tiempo.

Al volver la mirada, ella ya no estaba allí.

Se ocultó entre la gente que comenzaba a abandonar el puerto.

Miró hacia atrás.

La farola solitaria le convenció de que la había perdido.

En el pasamanos de la borda, una silueta.

Contaba el dinero de su bolsillo mientras esperaba.

La dama subía las escaleras.

Él la recibió de la mano.

Había un uniforme distinto que la estaba esperando.

Ícono de una lámpara de calle con un fondo circular azul.

Ella también estaba mirando

Dorian – La Tormenta de arena


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