
La luz perdió su significado.
La noche lo abrigó.
Salió de su escondite y comprendió al aire.
Le dijo que estaba allí.
Su presa.
La cena.
Saludó a la luna llena y corrió.
Fiero.
Salvaje.
Trotó saltando raíces.
Reptó para ser transparente.
Y ahí estaba ella.
Sola.
Perdida.
Llorando.
Se dispuso a atacar.
Arañó la tierra que lo soportaba,
señaló la muerte con su dentadura.
Saltó feroz al viento.
Y tropezó frente a su víctima.
Ella lo miró.
Él se asustó.
Su olfato la hacía más pequeña.
Le sonrió.
Él le enseñó sus colmillos.
—Tranquilo —dijo ella—. No te haré daño.
Su voz olía bien.
Buscó algo en el bolsillo.
Se lo tendió en la mano.
Todavía no conocía lo bien que sabe el queso.
Su estómago rugió.
Y desapareció entre la maleza con su premio.
Ella bostezó.
Él volvió a por más.
Esa noche los arrulló la luna.
El sol salió tarde esa mañana.
Y cuando despertó, ya no estaba.
Se escondió en la profundidad de la maleza.
Recordó su olor.
Y pensó que la noche le llevaría hasta ella.
Mientras tanto, bueno es soñarla.

Aún recuerdo el aroma de su voz
Saurom – El Monte de las Animas

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