
El atardecer le supo a poco.
Un bostezo.
Un estiramiento de músculos dormidos.
Se relamió los labios resecos.
Y saltó.
Por la ventana.
Dejándose caer hacia la luz.
La ciudad brillaba en blanco y negro cuando remontó el vuelo.
Su mirada estaba hecha de ecos.
Y el eco le devolvió su reflejo.
La tenía cerca.
Y el corazón se le desbordó en el aleteo.
No sabía nada de leyendas.
No conocía el canto de las hadas.
Solo sabía que la ciudad era su campo de batalla.
Un grito rompió el silencio.
Y el silencio le dio su alimento.
La luz empezaba a sobrar.
Así que regresó a su hogar de ventanas cerradas.
No fuera a quemarle la claridad del alba.

Las criaturas de la noche sueñan de día
She Past Away – Ritüel

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