
Había viajado la eternidad para tenerla.
Ahora estaba en su mano.
Roja.
Jugosa.
Peligrosamente dulce.
Se relamió.
Su mirada verde estelar reflejaba el trofeo.
La mordió.
Sintió la sacudida de su sabor.
Su aroma.
Su aroma lo impregnó todo.
La habitación se cubrió de rosa.
El rosa se volvió celeste.
El celeste, ácido.
El ácido se volvió amor.
Amor que latía en su mano pidiendo otro mordisco.
Respiró.
Su voz se escuchó lejana.
Era una antigua canción de su raza.
Contaba la historia de la creación.
Del universo.
De la fuerza destructora que crea mundos y vuelve a quebrarlos.
Se sintió único.
Y con ese sentimiento llegó la soledad.
Lloró.
Lágrimas azules.
Sangre marfil.
Doble latido sobre sus escamas perladas.
Miró al vacío.
Y le ofreció la manzana.
Nadie parecía advertir que, unos segundos antes, aquel ser había contemplado el origen del universo.
Les observaban con interés.
La señora, con su hábito negro y un carro repleto de hortalizas.
Él, con su camisa azul y la marca del supermercado bajo la sombra del mentón.
—Míralo, míralo… —sentenció la mujer al frutero—. Son raros. No sé cómo los dejan pulular por ahí.
—Les conviene al Estado, señora —respondió él—. ¿Medio kilo de peras?
—Sí, con medio vale. Está como en catarsis.
—Está drogado, señora. ¿Le pongo un melón? Mire qué buena pinta tiene este.
—Póngamelo. Y tres de estos. ¿Drogado, dice? ¿Por eso hace ese ruidito…? Poiuiui. Qué desagradable.
—Sí, señora. Parece que las manzanas tienen ese efecto en ellos.
—Deberían prohibírselas.
—Mientras me las paguen…
Miró el precio y sonrió.
—Las han puesto caras, ¿eh?

Tras el primer mordisco, el universo ya no vuelve a ser el mismo
Lagartija Nick – Satélite

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