
21016 se sentía pequeño.
Se sabía protegido por el resto, pero eso no bastaba. No destacaba. La luz del sol era lejana. Le faltaba altura para el baile del viento. Incluso las lechuzas le evitaban.
Y todo el mundo sabía lo importantes que eran las lechuzas.
¿No lo sabías?
Pues sí.
Para los árboles lo son. Las lechuzas ahuyentan a los roedores, abonan el entorno y son símbolo de estatus.
Sí, sí. Estos simpáticos plumíferos podían darle a 21016 el reconocimiento que tanto deseaba.
13517 conseguía sujetar entre sus ramas a tres de ellas. A veces hasta a un búho.
Y eso que 23935 era mucho más joven. Ya empezaban a rondarle los mirlos.
A él, en cambio, solo le visitaban gorriones.
Pero la Red era sabia y él no iba a conformarse con ser una encina más.
Y además, una de las pequeñas.
¿Qué Red?
Ah, claro.
No sabéis cómo hablan los árboles.
Ya sé que no tienen boca. Si la tuvieran serían ents y hablarían en gaélico fruncido.
El reino vegetal se comunica por las raíces.
Bajo tierra todo está conectado.
Las acacias.
Los berros.
Los robles.
Todos hablan entre ellos.
Dejan sus improntas entre los filamentos para enviarse mensajes.
Todos con su personalidad característica.
Las higueras dan consejos.
Los laureles cuentan leyendas.
Y el ajo critica.
Conviene escuchar las penas del sauce llorón, prestar atención a los rosales y no dejarse embaucar por el manzano.
Aun así, cada uno tenía su personalidad. Todos aportaban su grano de arena al bosque. Y 21016 quería sus lechuzas, que era lo que se esperaba de una encina.
Todas las redes siguen un protocolo.
La Raíz no iba a ser diferente.
Toda consulta, por pequeña que fuera, debía dirigirse a 1.
Todos los bosques tenían un 1.
El Primer Árbol.
El más majestuoso.
Y solo él tenía el poder de conectarlos a todos.
En este caso, 1 era un viejo roble milenario que vivía en lo alto de una colina.
Sintió la llamada de 21016 y le respondió.
—Si quieres crecer, necesitarás ayuda. Te concedo el derecho. Podrás tener un simbionte.
—Gracias, Padre 1. Pero ¿cuál es el mejor? ¿Qué elijo?
—Te aconsejo que atraigas a un liquen. A cambio de un poco de tu savia te dará humedad. Pero cuídate de los hongos si no estás preparado para ellos. Son mezquinos y rastreros.
—¿Cuánto tardaré en crecer con un liquen?
—En unos cuantos siglos serás tan alto como tus compañeros de parcela.
—Eso es muchísimo tiempo, Padre 1.
—La paciencia es la madre de las ciencias.
—Qué cita más moderna para alguien tan antiguo.
—Hay que ser vanguardista.
Como en la Raíz todo se sabía, no tardaron en llamar a la puerta de sus raíces.
—Hola. Me han dicho que buscas compañía.
—Puede… ¿Quién eres?
—¿Perdón?
—¿Quién eres?
—O sea… ¿en serio no me conoces?
—No.
—Literalmente imposible.
—Pues te estoy diciendo que no.
—Vale, vale. No pasa nada. Hay árboles que viven desconectados. No juzgo.
—Hablas raro.
—Hablo actual.
—¿Actual?
—Sí. Tendencia. Movimiento. Crecimiento. Marca personal.
—No entiendo nada.
—Y por eso sigo siendo relevante.
—¿Quién eres?
—Soy la Trufa Negra.
—¿Y eso es importante?
—Cariño… soy tendencia.
—¿Tendencia de qué?
—De todo.
—Eso no responde a la pregunta.
—Mira, te lo resumo. Ahora mismo eres una encina pequeña.
—Sí.
—Mañana puedes ser una encina aspiracional.
—¿Aspiracional?
—Que otros árboles quieran parecerse a ti.
—¿Y para qué iba a querer eso?
—Ay, qué mono.
—¿Qué?
—Que todavía preguntes esas cosas.
—Pues…
—Escúchame. Lechuzas. Búhos. Mirlos. Prestigio. Visibilidad. Alcance. Posicionamiento.
—No sé qué significan algunas de esas palabras.
—No importa. Funcionan igual.
—Pues vale. Simbionízame.
La Trufa Negra llegó en jabalí una mañana.
En el intestino grueso, para ser más precisos.
Se instaló en la raíz una tarde de sábado.
Pronto se hicieron amigos.
—¿Has visto a los huertos del norte?
—¿Qué pasa con ellos?
—Nada. Que me parecen muy básicos.
—¿Básicos?
—Totalmente.
—Pero producen comida.
—Sí, bueno. También producen contenido aburrido.
—No sabía que eso fuera malo.
—Claro que es malo.
—¿Por qué?
—Porque no genera conversación.
—¿Y eso es importante?
—Es lo único importante.
Con ayuda de su nueva amiga, la copa de 21016 se elevó.
Pero los árboles vecinos comenzaron a enfermar.
La trufa acaparaba los nutrientes de la zona, dejando a los demás sin nada.
Se volvió popular.
Entre los dos barrieron la Raíz con comentarios sarcásticos sobre los huertos del norte.
Se reían de la artificialidad de las flores.
Criticaban a los abetos.
Con mala intención, pero con gracia y salero.
En muy poco tiempo se convirtieron en la pareja más temida y comentada de todo el bosque.
Hasta que llegó el día en que un cerdo se enamoró de ella.
Excavó profundamente hasta encontrarla y la raptó sin contemplaciones.
Le prometió un palacio con dos estrellas Michelin.
Y ella aceptó.
Así dejaron a 21016 llorando hojas durante semanas.
Sin la participación de la trufa, los seguidores desaparecieron.
Sus amigos le dieron la espalda.
Número 1 dejó de responder.
Las raíces comenzaron a ignorarlo.
Y por primera vez en mucho tiempo se encontró completamente solo.
Así que torció su tronco hacia el suelo, esperando que algún habitante del subsuelo se apiadara de él.
Ya no quería ser famoso.
Ya no quería lechuzas.
Solo deseaba volver a ser aquel pequeño árbol que no era más, pero tampoco menos.
Una mañana de marzo, mientras la lluvia mojaba su corteza, percibió algo extraño.
Era un murmullo.
Pequeñas notas musicales que ascendían desde las profundidades.
Cantaban amor en susurros.
Y todas llevaban un simpático sombrero.

Savia nueva bajo una luna enraizada
Love of Lesbian – Club de fans de John Boy

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