
No sabía que dentro de una nube cupiera un desierto.
Y, sin embargo, allí estaba.
Llevaba una eternidad caminando sin rumbo.
Decidí sentarme sobre un saliente de roca y esperar a que pasara algo.
—Hola.
—Perfecto. Ya solo me faltaba esto.
—¿Qué?
—Que llevo una eternidad caminando por un sitio imposible y ahora apareces tú.
—Qué maleducado. Ni saludas y ya te estás quejando.
—Tienes razón. Hola. ¿Cómo estás?
—Bien. Aquí, de paseito. ¿Y tú?
—He tenido días mejores.
—Ah… Pues este es el principio del camino. Ánimo.
—Espera, espera… No te vayas. ¿Conoces este lugar?
—Claro. Vivo aquí.
—Vale… ¿Por dónde se sale?
—Depende. ¿Cómo has entrado?
—Verás… Esta mañana… Bueno, creo. Ya no distingo muy bien el paso del tiempo. Aquí parece haberse detenido.
—Continúa.
—Me desperté tarde. Desayuné mal. Cogí el coche mientras me abotonaba la camisa. ¿Te puedes creer que la estaba abrochando mal?
—¿Y qué pasó?
—No vi el semáforo.
—Y chocaste.
—No lo sé. Solo recuerdo que iba en una ambulancia.
—Joder… Estás muerto.
—No, no. Me bajé de ella en cuanto paró.
—¿Te bajaste… o te bajaron?
—¿Eso tiene importancia?
—Sí. Mucha.
—Diría que me bajaron. Pero al poco ya estaba de pie, caminando.
—¿Y cómo subiste aquí? ¿En ascensor?
—No. Al principio eran unas escaleras normales. Llegué a la terraza del edificio, supongo que del hospital. Desde allí salía una escalera mecánica. De esas de los centros comerciales. Pero tan alta que no se veía el final.
—Ya veo. ¿No te pareció raro?
—Pues… ahora que lo dices… No demasiado.
—¿Y qué te hizo subir?
—Yo qué sé. Pensé que llegaría a algún sitio. Las escaleras desaparecían dentro de una nube. Cuando llegué arriba, todo era bruma. Luego se despejó. Y… bueno… me encontré con esto.
—Comprendo.
—¿Qué sientes?
—¿Cómo?
—¿Estás cansado? ¿Tienes miedo? ¿Estás enfadado? ¿Sientes paz?
—Supongo que un poco de todo. Pero paz, no. Me duelen los pies y hace un calor atroz.
—Curioso…
—¿Curioso qué?
—¿Sientes ira?
—La voy empezando a sentir. ¿Qué más da cómo me sienta?
—Intento ayudarte.
—Mira. Estoy teniendo el día más raro de mi vida. Y ahora resulta que una cabra quiere solucionármela.
—Cordero.
—¿Qué?
—Que soy un cordero.
—¿Y eso importa?
—Claro que importa. Si fuera un lobo significaría otra cosa.
—¿Es que puedes ser otra cosa?
—¿Yo? No. Soy lo que soy.
Hizo una pausa.
—Pero tú puedes percibirme de muchas maneras.
—¿Y eso?
—Depende de muchas cosas. De tu educación. De aquello en lo que creas. De tus miedos. De tus recuerdos.
Guardé silencio unos segundos.
—Entonces…
Respiré hondo.
—¿Estoy muerto?
El cordero sonrió.
—Ni idea.
El cielo se volvió oscuro.
De repente fue noche cerrada.
Bip… bip… bip…
Las estrellas eran verdes y rojas.
—…Pulso estable…
Parpadeaban al ritmo de un corazón.
Bip… bip… bip…
Había un sonido.
Algo que marcaba el tiempo.
—…Responde al estímulo…
Como un metrónomo cósmico señalando el compás del universo.
—Abra un poco más el ojo derecho.
Luz.
Y otra vez oscuridad.
Cuando volvió a mirar alrededor, ya no quedaba desierto.
Solo la claridad tras unos párpados cerrados.
Que se abrieron de repente.
Y allí estaba.
Esperándolo.
Sobre la mesita auxiliar.
Junto a un jarrón de flores.
Un pequeño peluche blanco.

Aquel camino no llevaba a ninguna parte.
Por eso merecía la pena seguirlo.
Dead Can Dance – The Ubiquitous Mr. Lovegrove

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