
El último minuto se volvió eterno.
Todo parecía normal.
Yo no.
Me pesaba la perfección.
Las horas de más.
La sensación de que, tras una vida entera, el valor lo tenía el último segundo.
El que acababa de pasar.
Tras el reloj asomaba un hilo.
De lana.
Azul como el mar cuando se vuelve bravo.
Tiré de él.
Respondió como una brújula.
Decidí seguirlo, a pesar de las prisas.
Bajé las escaleras tras aquella línea.
En el portal encontré, atado al principal, otro cordel.
Esta vez era verde.
Verde, como la esperanza que siempre intentan vendernos.
No le hice caso.
Continué tras el primero.
Tras el que me había obligado a olvidar el reloj para perseguir un secreto.
Se dividió en dos.
Dos colores nuevos.
Uno azul de cielo despejado.
El otro, zafiro nocturno, como el anochecer esperando.
Elegí el más claro.
Pronto se desató en tres.
Luego en cuatro.
Hasta convertirse en una maraña inmensa de colores.
Algunos olían a esperanza.
Otros, a fracaso.
Amenazaban con anudarme.
Con tejerse en mí.
Con impedirme decidir qué camino tomar.
Corté la amenaza con unas tijeras de coser.
Seguí el hilo.
Y al final…
Estaba el mar.

Perderse también es una forma de elegir
Vetusta Morla – Baldosas Amarillas

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