Acacia en el País de las Setas

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La vida de un árbol es muy aburrida.

Todo el mundo lo sabe.

Tan solo tienen que crecer y estar.

Lo que nadie sabe bien es la conexión que existe entre ellos.

Las raíces se comunican.

Por señales químicas, para ser más precisos.

Desde allí, higueras, lechugas y champiñones dan rienda suelta a su tiempo de ocio.

Que es todo el día, claro.

Esta es la historia de 21016.

Una encina triste que, tras ser desterrada de la Raíz principal, se aburría muchísimo.

Por eso le sorprendió descubrir una mañana que había pillado setas.

¡Setas!

Todo el mundo conoce las ventajas de las setas.

Lo que pocos saben es cuál es el verdadero problema de tenerlas:

su verborrea.

No, no es que no tengan cosas interesantes que contar.

Es que nadie las entiende.

Su forma de comunicarse es parecida al canto.

Y lo hacen constantemente.

Día.

Y noche.

Y día otra vez.

Para alguien con tanto tiempo libre como un árbol, aquello era una auténtica locura.

Generalmente, sus canciones dificultaban la comunicación entre plantas.

Generaban interferencias.

Las conversaciones se entrecortaban.

Los mensajes llegaban deformados.

Y más de una discusión había empezado por culpa de un rebozuelo desafinado.

Pero para 21016 aquello no suponía ningún problema.

A él ya lo habían expulsado de la conversación.

Así que decidió escuchar.

Había una que silbaba en do.

Otra en mi.

La tercera en re.

Y cuando querían llamar la atención, cantaban todas al mismo tiempo.

Fue entonces cuando echó de menos a su amigo Sauce, que era lo más parecido a un médico que existía en la Raíz.

Llevaba ya bastante tiempo observándolas cuando descubrió algo extraño.

Escuchándolas todas a la vez, durante los momentos de calma, sonaban así:

Do — Re — Mi — Sol — Fa — Mi — Re

Con el tiempo aprendió a apreciar aquel sonido.

Do — Mi — Sol — La — Sol — Mi — Do

Y después comenzó a maravillarse con la cadencia.

Con la longitud de onda.

Con la expresión.

Mi — Sol — Si — La — Sol — Fa — Mi

Al descubrir la sinfonía de las setas sintió alegría.

Y también tristeza.

No tenía a nadie con quien compartir aquel hallazgo.

Nadie quería saber de él.

Y además, ya no estaba allí.

Observando a sus nuevas amigas tuvo una revelación.

Las setas poseían micelios.

No eran raíces.

Pero servían para algo muy parecido.

Conectaban.

Unían.

Escuchaban.

Y entonces 21016 comprendió algo que siempre había estado delante de él.

Podía seguir viendo a los demás.

A través de los micelios.

Los demás solo escuchaban el canto de las setas.

Él había aprendido a entenderlo.

Durante semanas practicó con ellas.

Ordenó sus melodías.

Afinó sus coros.

Transformó aquel ruido incomprensible en mensajes.

Y una tarde consiguió que sus canciones llegaran hasta los foros de los abetos.

Primero se burlaron.

Después escucharon.

Y finalmente pidieron otra.

Por primera vez desde su destierro volvió a tener voz en la Raíz.

Solo que esta vez no era un número.

Ni una encina aspiracional.

Ni un árbol famoso.

Ahora tenía un nombre.

Un seudónimo.

Y cuando alguien preguntaba quién había compuesto aquellas canciones, la respuesta siempre era la misma:

—Acacia en el País de las Setas.

Aprendió a escuchar donde otros solo oían ruido

Fleet Foxes — White Winter Hymnal


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Una respuesta a «Acacia en el País de las Setas»

  1. Avatar de Esther

    ¡Qué bonito! Hace unos días comencé a aprender a leer notas que se esparcen y comunican en el pentagrama, a su manera, como las setas :)))
    ¡Feliz noche y día de San Juan, Oniros!

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