
Era azul.
Revoloteaba traviesa atravesando la ventana.
Se posó en su nariz.
Estornudó.
Ella comenzó a describir tirabuzones frente a su curiosa mirada.
No sabía qué era.
Tan bonita.
Tan graciosa.
Su pata era veloz.
Sus alas lo eran más.
Se escapó burlándose desde la ventana.
Él saltó detrás.
Y cayó.
El mundo era distinto desde abajo.
Todo era gigante.
Asfalto humeante.
Personas pasando.
Prisas.
¡Ah! ¡Ahí estás!
Rizaba el aire con sus alas de seda.
Saltó.
Esta vez sí le iba a atrapar.
Pero el viento obró a su favor.
Desapareció entre la línea gris que habitan los monstruos.
Uno de ellos le gritó.
Gruñó con furia y lo esquivó.
Lo dejó envuelto en humo negro.
Ahí se dio cuenta de que estaba perdido.
Se sintió asustado.
Quiso esconderse entre los cubos.
Pero una bestia verde hambrienta decidió devorar su contenido.
Escapó al instante.
Al callejón.
¿En qué lugar podría estar mejor?
Allí la vio.
Mirada verde de los que comprenden la calle.
Deslizándose al caminar.
Una interrogación en la cola.
Un susurro en su voz.
—Hola, te he visto asustarte del comebasura. No hace nada. Bueno, si no te pones delante, claro. ¿Eres nuevo por aquí?
—No. Me he caído de casa.
—Ah. ¿Eres un adoptado? ¿Cómo te tratan? Dicen que algunos les obligan a vivir en jaulas.
—A mí no. Yo duermo en el sofá y juego tirando trastos de las mesas.
—¿Y te dan de comer?
—Sí. Cuando les pido, me dan.
Su mirada se volvió triste.
—No sabes volver. ¿Verdad?
—No.
Sintió lástima**.**
—Ven, vamos a buscar tu casa.
Rodearon el edificio.
No podía estar muy lejos.
—¿Reconoces algo?
—No. No conozco nada aquí. Nunca he estado fuera.
—¿Te asomabas por la ventana?
—Sí. Eso sí. Pero todo es distinto desde aquí.
—Bien. Cierra los ojos.
—¿Qué?
—Que cierres los ojos y te dejes llevar.
La oscuridad se volvió colores.
Los colores llevaban impreso el aroma de un recuerdo.
Unas huellas que seguir.
—Cerca de mi hogar huele a comida.
—Bien, sigamos ese olor.
Las baldosas no eran amarillas.
Tenían el aroma dorado del amanecer.
Siguieron la pista.
Llegaron a los pies de una panadería.
—Es por aquí.
—Eso que hay adentro huele bien, pero no está bueno.
—¡Oh!
Sus orejas desafiaron el aire.
Su cola señaló el cielo.
—¿Qué pasa?
—Huele a ella. Está por aquí.
—Ve con ella. Seguro que la encuentras.
Por un instante sintió soledad.
Volver a su hogar sería separarse de alguien que era como él.
—Vente conmigo.
—No.
—¿Por qué no?
—No. Mi vida está aquí. En libertad.
—Pero…
—Te veré por la ventana. Corre hacia ella.

Ellos siempre serán niños
The Smashing Pumpkins – Tonight, Tonight

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