
La funda guardaba un secreto. El amor de su vida, su pasión, su delirio. Rasgó la cremallera con el propósito de verla desnuda. La acarició un instante. Dudó un poco, pero lo hizo, la arrulló entre sus brazos y se la colgó del cuello.
Por la ventana la vio llegar. Cargada con bolsas blancas y verdes.
Él la miró.
Ella lo miró a él.
Sonrieron con malicia.
Soltó la compra.
Se descalzó.
Corrió hacia él.
Destapó su sonrisa negra y blanca.
Acarició con el dedo en Fa mayor.
El silencio se descompuso en un acorde.
La respuesta le llegó enseguida.
Una sola nota sostenida se lamentaba de no estar cerca.
Se acoplaron en el sueño de un sonido.
Él arpegiaba el viento.
Ella segaba en contratiempo.
Se amaron en estrofas y sonetos de tiempo.
Y cuando ya no podían más,
en la secuencia final,
rasgaron al compás un desmayo sonoro.
Ella suspiró.
Él suspiró.
Corrieron.
Salieron de sus casas sincronizados.
Afuera, en medio de sus miradas, estaba él.
Un señor bajito, con ausencia de pelo en la coronilla. Parecía esperarles.
Los dos se aproximaron cautos, dispuestos a esquivarlo.
—Buenas tardes, vecinos —les dijo a la pareja que ansiaba reunirse—. Vengo en representación de la comunidad. ¿Tienen un minuto? No me llevará mucho.
—¿De qué se trata? —preguntó él, sin mucho convencimiento.
—Verá, hemos estado tratando el tema y creemos que merece la pena. Hemos hecho una derrama para invitarles a cenar. ¿Mañana por la noche les va bien?
—¿A cenar? —quiso saber ella—. ¿Por qué nos quieren invitar a cenar?
—Para ver si de esa manera formalizan de una vez lo vuestro y los demás vecinos podemos dejar de escuchar vuestra forma tan peculiar de cortejo.

La respuesta llegó en Fa mayor
Iggy Pop & Kate Pierson – Candy

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