
—Hooooola.
—Hooooola, ooola, ola.
Silencio.
Solo el rumor de las olas.
La luna brillaba con rabia. El acantilado solo era una sombra. Allí estaban él, la sombra y el mar.
Sus pulmones querían gritar su nombre. El aire puro de la costa se lo permitió.
—Elisaaaaa.
—Elisaaaa, lisaaa, isaaa.
Sonrió al soñar su figura. Sus grandes ojos verdes entrecerrados.
—Te quieeeero.
—Te quieeero, ieeeero, ieeero. Ella a ti noooo, nooo.
No se asustó. Tan solo se sorprendió.
—¿Cómo?
Dijo esta vez en voz baja.
—Que no te quiere, iere, iere.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque lo sé, lo sé, sé, eh.
—Y entonces, ¿por qué está conmigo?
—Por capricho, he dicho, icho.
—¿Qué sabrás tú del amor, si solo eres un montón de piedra?
—Niñato, soy siglos más viejo que tú.
—¿Ya no repiqueteas?
—Ea, ea, ea. Pero eso no va a hacer que te quiera.
—Entonces, ¿qué puedo hacer para que me quiera?
—Nada.
—Pero yo la quiero.
—Eso no significa que no te vaya a querer otra.
—Yo la quiero a ella.
Sus ojos se llenaron de pronto de lágrimas.
—Solo puedes hacer una cosa para mantenerla contigo.
—Haré lo que haga falta.
—Tendrás que matar a tu hermano.
—¿A mi hermano? Yo no puedo hacer eso.
—Dijiste cualquier cosa.
—Sí. Pero eso no.
—Pues ella terminará con él.
—¿Está enamorado de él?
—Qué va, es por su dinero.
—Pues qué mal.
—Ya ves.
—¿Y cómo es la que sí se enamorará de mí?
—Es muy inteligente, divertida y sabe tocar la guitarra.
—¿Es guapa?
—Er… Claro, aro, aro.
—O sea, es fea.
—Dientes de asno, orejas de soplillo… Tiene una belleza abstracta.
—Claro, y esa es la chica que me corresponde a mí.
—Joder, pues cárgate a tu hermano y quédate con la que no te quiere.
—Qué manía con mi hermano. ¿Por qué quieres verlo muerto?
—En verdad no quiero. Me cae bien.
—Ah. ¿Lo conoces?
—Sí, vino aquí el otro día gritando…
El silencio apagó el eco.
—Bueno. Gritando un nombre.
—¿Qué nombre gritaba?
—No sé. No te lo puedo decir, ir, ir.
—Que me lo digas, cacho de roca estúpida.
—Joder, tengo conocimientos infinitos, pero la naturaleza viva no sabe mentir. Gritaba Elisa, ya sabes, isa, isa.
—¿Te dio pena y quisiste ayudarlo?
—Él me dijo que, si no estaba con esa chica, preferiría estar muerto.
—¿Y qué le dijiste?
—Que esperara, claro.
—¿Que esperase a qué?
—A que subiera la marea. Esa hubiera sido la forma más fácil de morir.
—¿Mi hermano está muerto?
—No que yo sepa. Salió corriendo.
—Joder, a ver si se va a querer suicidar.
—No lo creo. Parecía más bien muerto de miedo. Y menos mal que se fue, porque luego vino Elisa.
—¿A gritar nombres?
—Ah, no… Venía con… con una amiga, iga, iga.
—¿Venían a hablar contigo?
—Oh, no. Solo entre ellas.
—¿Y dijeron algo de mí?
—Sí. Elisa dijo que eras un poco imbécil y que eras un capricho. La otra dijo que eras mono y que le gustabas.
—¡Joder!
—De eso no dijeron nada. Elisa dijo que tu hermano era mejor partido. Ya sabes, más dinero y más generoso.
—¿Entonces lo que me has contado lo sabes por lo que has oído?
—Pues claro. Yo solo sé repetir lo que escucho, que solo soy una roca.
—¡Joder!
—Chico, solo sabes hablar de sexo.
—Si es que… ¿Me haces pasar un episodio de celos por algo que ni siquiera has entendido bien?
—Entonces, mejor no te cuento qué terminaron haciendo en la arena.

La naturaleza no sabe mentir. Pero a veces, sabe demasiado, ado, ado.
Incubus – Echo

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