
Dolía mucho.
Pero la causa lo requería.
La piel estaba tersa, los labios rojos, la mirada inocente y las piernas largas. No podía aparentar más de catorce años. Quince, quizás.
La vitalidad, la elasticidad, el entusiasmo.
Todo estaba incluido.
Lástima que tuviera su caducidad.
Y con la caducidad, el dolor del cambio.
Esperaba junto al recibidor.
Cabeza gacha, una túnica semitransparente y dos bestias armadas por si decidía salir corriendo.
Me daba asco.
Pero había costado mucho para querer hacerlo.
Una reverencia.
La obligación de caer de rodillas al suelo.
Un señor gordo, grasiento y soberbio asomó desde sus aposentos.
—Majestad, aquí está la furcia.
—¡Ah, perfecto! Traedla.
Un empujón me mostró el camino.
—A ver.
Me examinó los dientes, las orejas, el contorno de las caderas y los dedos. Sonrió mientras lo estaba haciendo.
Me azotó el trasero.
No fuerte.
Como quien da un premio.
—¿Garantizas que es fértil?
—Así me aseguraron, majestad.
—Muy bien. Voy a probarlo.
Me arrastraron a sus aposentos.
Tragué saliva.
Tenía que hacerlo.
Había desafiado a la muerte para llegar a esto.
—A ver, gatita. ¿Qué sabes hacer?
Se me mostraba fácil.
Iba a ser yo la que mandase en esto.
Lo empujé con fuerzas a la cama.
Eso le gustó.
El muy cerdo confiaba en mí.
Me abalancé encima.
Aguanté las náuseas.
Hice que disfrutara.
Su poco aguante y su arrogancia lo hicieron desplomarse con una sonrisa estúpida y, con los ojos cerrados, esperó su sentencia.
Un solo cabello tenía la clave.
Me lo arranqué.
Lo tensé.
Y, en el momento exacto en que abría los ojos, se lo clavé.
Justo en el centro de su pupila.
Algo salió mal.
Gritó.
Fuerte.
Debería haber caído en un segundo.
Pero pataleaba, gruñendo.
Miré alrededor.
Solo tenía unos segundos.
Un candelabro dorado.
Lo así con fuerza.
Crujió en su cráneo.
Dejó de chillar como un marrano.
Los guardias entraron pronto.
Pero yo ya estaba en la ventana.
Y esta sería la última vez que vieran mi rostro de ángel.
Mañana tendría otro.
Salté.
Mi túnica transparente ondeó con el viento.
Desaparecí entre la bruma en un suspiro.
A los pocos días salí de mi escondrijo.
Abandoné la ciudad cubierta con una capa y cojeando.
Mi cara ya era otra.
Dolía esta transformación.
También dolía lo que llevaba dentro.
Lo notaba dividirse en células.
Crecer lento.
La esperanza genética de un cambio.

El mundo olvidó su origen
Björk – The Modern Things

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