
El cielo se tornó del mismo color que ahora adornaba su corona.
Los brazos en cruz, suspendido sobre las sombras.
Un ave apareció justo en la tregua de su agonía, esa que le decía que aquel sería su final. Giró sobrevolando su tormento y fue a posarse sobre la estructura que lo sostenía.
—¿Qué le ha pasado, humano? ¿Qué hace aquí?
Hizo un esfuerzo por comprender qué ocurría, alzó un poco la cabeza y encontró aquel cuervo negro encaramado.
—Vaya —suspiró—. Si no ha sido larga la tarde, ahora me encuentro con un pájaro que habla.
—Perdón por mi atrevimiento, pero me resulta curioso.
—¿Me vienes con consejos? ¿Con alguna solución a mi suplicio?
—Más quisiera poder ofrecerle algo —le graznó el ave—. Pero mi destino no es salvar lo que no entiendo, es tan solo poder contarlo.
—Si no puedes cambiar mi destino, ni siquiera aliviar mi tormento, vete. Déjame morir tranquilo.
Se hizo el silencio en la cruz.
El pájaro estiró sus alas y volvió a dirigirse al hombre.
—Permítame que insista. No lo entiendo. Percibo una ofrenda, un acto divino, pero no le encuentro sentido.
—¿A qué no le encuentras sentido? ¿A la muerte?
—A que se deje morir quien puede elegir no hacerlo.
—Ah, es eso. No es voluntad mía —respondió agachando la cabeza.
—¿Va a morir por obediencia ciega? ¿Por cumplir la orden de un padre severo?
—No es solo por eso. Es por salvar almas.
—¿De quién? ¿De estos que quieren su sufrimiento?
—Por ellos quizá no. Ellos ya no tienen remedio. Pero sí por sus hijos.
—Sus hijos seguirán matando a quien no comprenden. ¿No sería más fácil enseñarles a no hacerlo?
—No se puede enseñar sin el ejemplo.
—Pues qué ejemplo. Dejarse morir.
—¿A qué viniste, cuervo? ¿A tentarme?
—¿Tentarte? ¿Yo? No. Ese no es mi trabajo. Yo solo oigo… y cuento.
El ave abrió sus alas negras y se perdió en la noche eterna.

Toda cruz necesita un testigo.
Hurt – Johnny Cash

Deja un comentario