
11:37 Complejo Residencial para Mayores Las Acacias.
—¿Cómo iba a saber yo que iban a hacer una fiesta un martes por la noche?
—Por Dios, llevas tres meses investigando. ¿Cómo se te pasó por alto esto?
—Yo qué sé, pero si parecen zombis, caminan sin rumbo, hablan en susurros.
—Habrá que improvisar.
Nick, agobiado por el tremendo calor, se quitó el pasamontañas. Llevaban cuarenta minutos encerrados en un almacén que improvisaron debajo del hueco de la escalera. El golpe iba a ser perfecto hasta que entraron los invitados.
—¿Qué están celebrando?
—No sé, no logro entender nada, pero los vejetes están muy alegres.
—He escuchado algo así como «qué guapa está la novia». ¿Será una boda?
—¿Cómo va a ser una boda, Nick? ¿A las doce de la noche?
—Yo qué sé, vivir aquí tiene que ser la hostia de aburrido, puede que se casen cada martes para romper la monotonía.
—No, más bien parece otra cosa.
—Quizá sea más bien que chocheen.
—No. Es una despedida de solteros.
—¿Lo celebran juntos hombres y mujeres?
—Coño, Jack, aquí viven todos juntos, no se van a separar por una celebración.
—Nick, este es el nuevo plan: aprovechemos la confusión de la fiesta. Te tienes que infiltrar. Despéjame el sitio, yo me dirigiré a la habitación de la baronesa.
—Pero ¿qué pinto yo entre los abuelos? Si yo parezco un pimpollo.
—¿Qué hay en las despedidas de solteros?
—Alcohol.
—¿Y?
—Desinhibición.
—¿Y?
—Locuras comprometedoras.
—¿Y?
—Jack, si dices strippers te juro que abandono la delincuencia.
—Strippers.
—¿Qué? No. No. Yo no voy a enseñar…
—Joyas por el valor de cinco millones de euros, recuerda.
—Pero…
—Y ya están vendidas a la mafia rusa.
—Sí, joder, pero…
—Decide. Vivir de lujo o morir torturado.
—O que nos pillen, o que me agarre una señora de estas y…
—Sabías los riesgos.
—No. Esto es nuevo.
—¡Que salgas!
Salió aprovechando que el murmullo se alejaba y se dirigió a la puerta de servicio. Enseguida se topó con un grupo de ancianas.
—Eh, chico, ¿qué haces aquí a esta hora? ¿Echabas de menos a tu abuelita?
Entre risas, siguieron caminando. Pero la más gruñona se detuvo a esperar una respuesta.
—Es que soy el stripper.
—¿Contratamos un stripper para Maggie? Mmm, interesante. Ven para acá, bombón. ¿Vienes solo?
—S… sí.
—Entonces, ¿los chicos no querían tetas? Qué raro. Bueno. Que ellos se encarguen de sus necesidades, mi difunto marido hubiera preferido ver fútbol.
La timidez de Nick le hacía tartamudear. Odiaba la improvisación. Contando con que su sentido del ritmo era el de una manada de gansos huyendo de Laffite, sospechó que acontecía el desastre. Siguió sumiso a la señora sargento, que le decía por dónde ir.
—Quédate aquí, ricura, vamos a presentarte a Maggie como el regalo que eres.
—¿Al menos me dejaréis preparar la música?
—¿Para desnudarte? Te vas a conformar con Joe Cocker. No te muevas de aquí hasta que yo te avise.
La señora mandona desapareció por la gran sala, que estaba repleta de señores y señoras riendo y bebiendo.
—Jack, están todos reunidos en el salón de actos. Aprovecha ahora que va a empezar la…—desde el minúsculo auricular se escuchó un suspiro— …la función.
—Bien, Nick, distráelos veinte minutos. Muestra tus encantos.
—Muy gracioso. Avísame cuando termines y preparemos la huida.
Al poco, le llamó la mujer sargento con una sonrisa pícara.
—Vamos, encanto, mueve tu trasero.
Los ancianos habían hecho un círculo. Nick se sentía en el patíbulo cuando ya sonaba su canción.
Baby take off your coat Real slow
El ladrón empezó a contonearse como un gato callejero en plena pelea.
Don’t take off your shoes
Su público gritaba y daba palmas a ritmo de los ochenta.
I’ll take off your shoes
Su danza recordaba más al África profunda que a Kim Basinger. Pero el geriátrico entero pedía más.
Baby, take off your dress Yes, yes, yes
Empezó a arrancarse la ropa olvidando el ritmo.
—¡Mueve ese culo, cariño!
Le gritaban mientras se retorcía casi desnudo.
You can leave your hat on You can leave your hat on You can leave your hat on
Estaba agarrándose el letrero de Uomo de sus bóxers cuando un gorila de dos metros y bata blanca irrumpió en la sala, paró la música y les dijo a los abuelos:
—¿De quién ha sido la idea de traer a este individuo a esta respetable institución?
—Jack, tenemos un problema.
—Ya casi lo tengo, Nick. Déjame un par de minutos más.
—Aquí hay un tipo con pintas de carcelero que está pidiendo explicaciones.
—Ya lo tengo, estoy saliendo del cuarto.
—Vale, pero ¿cómo voy a salir yo?
—¿Están todavía reunidos en el salón?
—Sí, pero date prisa, se van a dispersar en cuanto les termine la bronca.
—Tranquilo, ya estoy por ahí. Voy a reventar una ampolla de compuesto X.
—¿De compuesto X?
—Sí. Busca un trapo, mójalo y respira por él.
—Estupendo, Jack. Pero ¿qué es el compuesto X?
—Algo que les va a distraer, ya he disparado dentro dos ampollas.
—Sí, vale, pero ¿qué es?
—Un poderoso afrodisíaco.
—Jack…
—¿Qué?
—Estamos en una residencia de ancianos.
—Sí.
—¿Lo has probado antes?
—No.
—¿Y por qué lo llamas compuesto X?
— Porque los experimentos en el laboratorio los clasificaron XXX
En ese preciso momento, la mujer sargento miró fijamente a Nick, relamiéndose los labios.

Los viejos secretos suelen sonreír antes de atacar.
Joe Cocker – You Can Leave Your Hat On

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