
Con la fuerza del aire, la ventana se abrió de par en par,
aullando como un gato enfurecido.
La brisa heló sus pies descubiertos.
Ese fue su despertar.
La luz de la farola ondulaba sobre la pared,
derramándose en sombras.
Se incorporó y se arropó con la manta,
dispersa en la cama,
que había dejado de abrazarlo hacía rato.
Fue entonces cuando la vio.
La silueta se contoneaba en la pared, insinuante,
al ritmo del crujir de los muebles.
Un contorno que se insinuaba bajo su mirada,
reclamando un abrazo urgente.
Rápido como el miedo, saltó de la cama.
De un tirón, corrió la cortina.
El movimiento murió en un giro leve.
La sombra desapareció.
Cerró el pestillo con violencia.
El aullido cesó.
Silencio.
Regresó a la cama, buscando de nuevo el umbral del sueño.
Y mientras cerraba los ojos,
la sombra, proyectada desde la ventana,
con la suavidad de una amante experta,
acarició su rostro dormido.

El aullido del gato enfermo cesó.
Lustmord – Babel

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