
Giré el contacto.
Nada.
Respiré hondo.
Lo intenté otra vez.
Nada.
Blasfemé en sánscrito.
Golpeé el volante con resignación.
—¡Ay!
—¿Qué?
—¡Que ay!
—Ya me volví loco… ¿Eres el coche?
—¿Desde cuándo hablan los coches?
—No lo sé. He golpeado el volante y tú te has quejado.
—Coño, es que pegas fuerte.
—Entonces eres el coche.
—¡No! Soy el espíritu de los objetos inanimados. Pasaba por esta ruina con ruedas y me pillaste dentro. Pero yo no soy él.
—Vale… ¿Me puedes ayudar?
—Jovencito, tu coche lleva meses pidiendo la eutanasia.
—Y tú has venido a concedérsela…
Hizo una pausa.
—Oye… ya que estamos… ¿no concederás deseos? Un coche nuevo me vendría de lujo. Un Tesla, por ejemplo. Por eso de ser ecológico.
—Ni que yo fuera tu hada madrina, humano. Pide un préstamo como todo hijo de vecino.
—Vale… pero llego tarde y es importante. ¿No podrías hacer algo?
Suspiró.
—Bueno… Le daré un día más de vida.
Vroooom…
El motor despertó.
El coche arrancó.
Aceleró con suavidad y tomó la primera salida a la derecha.
—¿Eh? ¿Qué haces? ¡No llevo el volante!
—Claro. El hechizo era para él. Ahora es él quien conduce.
Tras la recta giró a la izquierda.
—Ya sé adónde va…
—¿Sí?
—Este era mi camino de escape. Venía aquí cuando necesitaba desconectar del mundo.
—Animalico…
Se le ve tan contento…
—Cochecito… voy a llegar tarde.
—Dice que quiere aprovechar su último día para disfrutar de ti… y de la carretera.
Sonreí.
—Lo entiendo.
Joder…
Cómo voy a echar de menos su rugido.
Sus curvas imposibles.
La elegancia con la que aceleraba.
—Sí, sí…
Muy elegante acelerando.
A ver cómo les explicas eso a los de verde que vienen detrás.

Cuántas veces me trajo de vuelta a casa sin pedir nada a cambio
Joe Satriani – Summer Song

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