
Me gustan las mujeres.
Sí, sí. Sus caderas, sus ojos grises, el pelo suelto ondeando al viento. No lo voy a negar.
Pero hay más.
Me gusta lo intangible.
Ya no es solo su manera de pensar, distinta entre unas y otras, y tan diferente de la de la mayoría de los hombres.
Mis amigas —que no mis amigos— suelen decirme:
—Piensas como nosotras.
Y creo que no tengo ese honor.
Aunque, por si acaso, lo disimulo.
Lo que realmente me gusta es esa forma de acariciar el aire.
Esa manera de quedarse, por un instante, en un mundo paralelo mientras les hablo… y contestarme con una ironía impecable, demostrando que no se habían perdido una sola palabra.
Me gusta que sean madres incluso antes de serlo.
Que saquen el filo de la navaja del verbo.
La aparente fragilidad revestida de acero.
La palabra precisa.
La sonrisa perfecta.
Los versos de Silvio.
Pero, sobre todo, me gusta que, pese a dudar siempre…
Siempre.
Siempre.
Siempre terminéis encontrando una solución.
No lo negaré.
Me habría gustado ser mujer.
Y si algún duende loco decidiera concederme ese deseo, ten por seguro que estaría muy orgulloso…
O muy orgullosa.
…de ser lesbiana.

El verbo también sabe acariciar
Silvio Rodriguez – Y Mariana

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