Pensamientos ajenos

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Esta mañana, al despertar, ya estaba ahí.

Un rumor.

Una conversación de sombras cruzadas, distantes, desenfocadas.

No le di importancia, claro. El café borraría los restos de mis sueños.

Pero no fue así.

Al contrario.

Empezó a tomar forma.

A veces eran imágenes que se fundían sin sentido. Otras, palabras sueltas. Irrumpían en mi mente, desparramaban su mensaje y se difuminaban en el aire.

Me agobié por la sensación y quise salir a la calle. Que el ruido me diera silencio.

La vecina del quinto se cruzó conmigo.

—Buenos días, doña Inés.

—Buenos días, joven —me contestó como cada día.

Pero esta vez hubo algo más.

Un susurro.

—«Qué chico más majo» —se escuchó detrás de ella.

—«Y trabajador» —iba dejando una estela de palabras.

—«Me dijeron que trabaja en el ayuntamiento» —no salían de su boca.

—«Tan joven y tan bien colocado» —se derramaban de su mente.

—«Tendría que presentarle a mi nieta» —y se esparcían según se alejaba.

—«Esa bala perdida…»

—«A ver si consigue un novio de una vez».

¿Qué había ocurrido?

El vecino del tercero entraba con olor a rancio.

—Buenos días, señor.

—Hola —respondió seco.

—«Imbécil» —susurró.

Empecé a comprender.

El día era gris. El calor estaba llegando. Bochorno de verano y día de mercado.

Me crucé con la chica del perro.

La de siempre.

Le sonreí.

Me sonrió.

Su mente susurró:

—«Qué bueno que está».

Su perro me gruñó.

—Grrrrrrr.

—«Grrrrrr».

No sabía qué estaba pasando, pero empezaba a encontrarle sentido.

—Por favor, un café.

En la cafetería supuse que iba a ser peor.

—«…mi jefe me va a matar, voy a llegar tarde…» —susurraba el vecino de barra.

—«…miserable, cuenta hasta los céntimos…» —escuchaba de la mujer que se marchaba.

—«…con lo buena que está y el poco caso que me hace…» —suspiraba el de la mesa.

—«…otra vez mirándome el baboso…» —rechistaba la chica que entraba.

Bebí tan rápido que me quemé hasta la garganta.

Entre cientos de pensamientos ajenos, hubo uno que se negó a marcharse.

El mío.

Dejé el dinero sobre la barra y salí corriendo.

Caminé tres calles hacia el norte.

Giré a la izquierda en la última.

Llegué hasta la puerta verde y toqué el timbre tres veces.

Salió con su aroma fresco y su uniforme de oficina.

Puso expresión de sorpresa y sonrió, curiosa.

—Hola.

—Hola. ¿Qué haces tan pronto por aquí?

(Silencio)

—Pues, como tengo que ir al centro, pensé en si me podía llevar.

—Claro. Pero hoy tengo reunión en la central. Ya sabes, en la fábrica, y no puedo llegar tarde.

(Silencio)

—Entonces nada.

—Si quieres ir luego, puedo recogerte.

(Silencio)

—No te preocupes, ya busco a alguien.

—No vienes por eso, ¿verdad? ¿Qué ocurre?

(Silencio)

—No. Pensé que…

—¿Qué?

—Pensé que ahora era el momento perfecto para…

—¿Para qué?

—Pensé que no podía pasar de hoy.

—¿Me vas a pedir salir?

(Silencio)

—Sí.

El silencio se fundió en un beso.

Hoy fue un día feliz.

El mundo habla demasiado

Camera Obscura – French Navy


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Una respuesta a «Pensamientos ajenos»

  1. Avatar de Esther

    SÍ, y por si fuera poco el ruido de voces y aparatos los humanos hemos inventado la I. A.

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