
—¿Esa es la vida que has elegido salvar?
—Sí.
Hubo una pausa.
—Entonces comienza el examen.
El pupilo suspiró.
Observó la esfera suspendida entre nubes.
La Tierra.
Separó los dedos y acercó la imagen. El continente creció. Después un país. Una provincia. Un pueblo.
Y por último…
Era una tarde soleada de primavera.
Dentro reinaba el ambiente festivo. Sonaban las fanfarrias. Brillaban los trajes de luces. Sol para unos. Sombra para otros.
Y para él, muerte.
Arrebol estaba asustado.
Llevaban ya rato mareándolo. Lo gritaban por un lado. Lo engañaban por otro. No entendía aquel ritual. No comprendía aquella hostilidad.
Pero sí sabía algo.
Lucharía por su vida.
Aunque le costara perderla.
Allí estaba otra vez el caballo.
Bailaba inquieto bajo las órdenes de su jinete.
Arrebol cargó contra él con rabia.
No llegó.
La lanza volvió a clavarse.
Sintió el dolor atravesarle el lomo.
Retrocedió resoplando.
Demasiado calor.
Necesitaba lluvia.
El pupilo extendió una mano.
El viento despertó.
Llegó desde el ábrego y comenzó a girar sobre la plaza.
Nubes oscuras se reunieron alrededor del ruedo.
Y el cielo lloró.
Arrebol alzó la cabeza.
La lluvia le refrescó los ojos.
Frente a él apareció el hombre de la capa.
El que jugaba con su instinto.
El que prometía un combate justo y no tantas heridas.
Corrió hacia él.
No vio venir las banderillas.
Pero las sintió.
El rojo descendiendo por los costados.
Ardor.
Fatiga.
Lágrimas.
Las suyas.
Y las de alguien que observaba desde muy lejos.
Entonces escuchó una voz.
No con los oídos.
Con su olfato.
—¡Ahora!
—¡Corre!
El comentarista se incorporó en su asiento.
—¡Atención! ¡Atención! ¡Arrebol busca el callejón!
Fuera de la plaza, una furgoneta acababa de detenerse.
El repartidor miró el reloj.
Iba tarde.
Muy tarde.
Un extraño chasquido sonó en el freno de mano.
No pasaba nada. Mañana le echaría un vistazo.
—No me puedes dejar la furgoneta ahí.
—Solo será un segundo.
Con la que estaba cayendo.
Un segundo.
Nada más.
Arrebol llegó al callejón de un salto.
Corrió entre apoderados y monosabios.
Empujó puertas.
Espantó hombres.
Buscó una salida.
Cualquier salida.
Un mozo cargado de cajas empujó una cancela con la espalda.
La vieja cerradura cedió.
Y entonces se encontraron.
Cara a cara.
Arrebol.
Y el hombre de las cajas.
Las cajas salieron volando.
El hombre también.
Y el toro descubrió algo maravilloso.
Un cartel.
Una puerta.
Luz.
La libertad.
La carretera era ancha.
Lo bastante ancha para esquivar a un toro escapado.
Pero entonces aparecieron luces azules con alma verde.
Sirenas.
Motores.
Perseguidores.
El trofeo no podía escapar.
—Cuidado.
La voz del mentor sonó a su espalda.
—Si lo abaten ahora no habrás salvado ninguna vida.
El pupilo tragó saliva.
Volvió a acercar la imagen.
Buscó la entrada de mercancías.
La furgoneta.
El freno.
La pendiente.
Tic.
La furgoneta comenzó a moverse.
Despacio al principio.
Después más rápido.
Y más rápido.
Hasta que descargó todo su contenido sobre la carretera.
Cajas.
Decenas de cajas con un título inscrito.
Sangre de toro.
Vino.
Refrescos.
Y una lluvia de cartones que obligó a los perseguidores a detenerse.
Arrebol siguió corriendo.
El viento parecía empujarlo.
La lluvia borraba su rastro.
Delante apareció el puente.
Al otro lado comenzaba el bosque.
La oscuridad verde.
La espesura.
La vida.
Las sirenas volvieron a acercarse.
Estaban a punto de alcanzarlo.
A punto de cruzar.
Cuando el cielo rugió.
Un relámpago descendió.
Incandescencia azul.
Ruido ensordecedor.
El puente estalló en una lluvia de piedra y madera.
Cuando el humo se disipó, el novillo ya había desaparecido entre los árboles.
El pupilo soltó el aire que llevaba reteniendo demasiado tiempo.
Alejó las manos.
La imagen se redujo.
El bosque.
El pueblo.
La provincia.
El país.
El planeta.
La Tierra volvió a flotar entre nubes.
El mentor observó la esfera durante unos segundos.
Después sonrió.
—Has entendido el examen.
Y por primera vez, el pupilo sonrió también.

Toda vida merece su mañana
Foals – Mountain At My Gates

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