
Una lágrima rodó por su mejilla. Despertó triste otro domingo.
Su suspiro anunció otro amargo día.
Él despertó triste también.
Un paseo quizá le ayudaría a apartar aquella baja moral. Se despidió de Michan, que le respondió con la caricia peluda de un morro caliente. Ella y su vestido de flores salieron a respirar.
Tomar el aire era justo lo que necesitaba.
Le dijo a Sombra que la pasearía más tarde. Ahora no era buena compañía. Resignada, la perra se hizo un ovillo en su camita.
Respiró hondo, caminó sin rumbo y comenzó una plegaria. Ella no creía en nada en concreto, pero necesitaba hablar con alguna entidad protectora. La llamó Dios. También podría haberse llamado Lucifer. Le daba igual, con tal de que alguien creyera en ella.
Caminó hacia la ermita. Su madre siempre decía que las plegarias a la Virgen encontraban camino allí.
Él tampoco creía demasiado en nada. Prefería hablarle al universo. Pero siempre pensó que aquel era un buen lugar para conectar con cualquier cosa que estuviera escuchando.
Ella subió las escaleras.
Él bajó por el sendero.
Su traje nuevo escuchó su rezo. Empezaba en la soledad y terminaba en el deseo.
De rodillas, su universo particular tenía forma de María entre todas las mujeres. La escuchaba atenta, silenciosa.
Ella pidió amor.
Él pidió cariño.
El viento le habló de un misterio.
Le dijo que se asomara al abismo.
El abismo de la capilla le pidió que saliera de su escondite.
Le susurró que las vistas desde aquel precipicio eran justo lo que necesitaba en ese momento.
Le pidió que corriera.
Que corriera deprisa.
Y que se detuviera.
Ahora.
Ella resbaló y cayó.
Él alzó la mirada y se quedó mudo.
Ella cayó en sus brazos.
Él la sostuvo.
—¿Estás bien? —preguntó, sin soltarla.
Ella parpadeó, todavía suspendida entre el susto y el milagro.
—Creo que sí… Te juro que en la caída he visto a Dios.
Él sonrió, aún sujetándola.
—Ya lo creo que sí.
Y te ha depositado en mis brazos.
Shireen – Cloudweaver

“Y así, en el borde del abismo, sus mundos se tocaron.”

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