
La melodía tenía la calidez de una flauta de madera.
Atraída por el sonido, se adentró entre la maleza.
Estaba allí, encaramado a una roca frente al lago. Con sus pequeñas astas adornando el cabello crespo y las pezuñas marcando el ritmo.
Ella se acercó, entusiasmada.
—Hola.
—Ostras, qué susto.
—Ups, perdona. No quería molestar.
—No, si no molestas, guapa. Es que no esperaba visita. ¿Quién eres?
—Me llamo Sonia.
—Yo soy Tom. ¿Eres humana?
—Emmm… sí.
—Vaya, una humana. Nunca había visto a un humano.
—Pues donde yo vivo hay muchos. En verdad, somos todos humanos.
—Mis padres me cuentan que antes venían mucho por aquí.
—Yo es la primera vez. Y creo que llegué por casualidad.
—Ellos venían buscando inspiración. Escuchaban nuestros cantos y bailaban con nosotros.
—¿Eres un elfo?
—¿Qué? Noooo. Los elfos tienen el pelo liso y los pies grandes. Además, son más altos.
—¿Un troll?
—¿Qué les pasa a los niños de hoy? Claro que no soy un troll. Yo no huelo a ardilla. Soy un fauno.
—Pues no sé lo que es eso.
—Normal. Ya no venís por aquí.
El cielo se volvió gris. Las nubes se deshicieron en llanto. Pero a él no le importó. Siguió tocando su flauta.
—Bueno, me voy. Me están esperando para comer.
El fauno interrumpió su tonada.
—Si pasas por aquí mañana, te presentaré a las hadas.
Entre la sinfonía de la flauta, Sonia cerró su libro… y se fue.

Hubo un tiempo en el que cruzábamos al otro lado.
Saurom – El Hada y la Luna

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