
La cámara de seguridad de la entrada no pudo verlo.
Pero entró.
Era gélido como las intenciones deshonestas. Transparente como la mirada de un infante. Oscuro como la sombra de una noche de invierno.
Dejó rastros de escarcha. Marchitó flores en el pasillo. Y al cruzar la sala, exhaló en silencio el arrastrar de sus cadenas.
—¿Quién anda ahí?
Preguntó el miedo del vigilante de turno.
Un susurro le hizo incorporarse. Avanzó sin atreverse a romper la penumbra, no fuera a encontrarse con aquello que temía. Pero no encontró nada. Solo un hueco vacío, relleno de fantasías oscuras.
Al volverse, lo vio.
Una figura extrañamente conocida. Borrosa. Desamparada.
—…¿qué me ocurre…?
La voz provenía de las paredes, de las sombras iluminadas por aquella neblina que empezaba a tomar forma.
Al reconocerla, se le heló la respiración.
—…¿Alana?
El silencio quiso imponerse al miedo. Pero él se arrodilló. Intentó tomarle las manos, pero se desvanecían en el aire.
—…no sé dónde estoy…
Intentó aguantar las lágrimas, pero no pudo. Respiró hondo, tragó saliva y dijo:
—Alana, no te preocupes. Estoy aquí. Contigo.
—…pero está oscuro…
—Tranquila. Ya solo puede ir a mejor.
—…hay gente… hay más niños…
—¿Dónde van? ¿Tienes miedo?
—No… no tengo miedo. Se van todos. Caminamos juntos…
Él cerró los ojos un instante.
—Ve con ellos, Alana… ve con ellos.
En ese mismo momento supo que, lejos, un corazón dejó de latir.

Cuando la oscuridad no da miedo, es por algo.
Ólafur Arnalds – Near Light

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