
—¿Sabes a lo que vengo, verdad?
—Sí.
—Pues venga, no tengo todo el día.
—No. No te dejaré.
—Vamos, no perdamos el tiempo.
—Que no.
Silencio.
Las miradas chocaban. El ruido de los insectos protagonizó la escena.
—No hay otra solución.
—Pero yo no quiero.
—Las pruebas han sido inequívocas. No voy a permitir…
—¿Y qué pasa con mi sufrimiento?
—No seas cobarde.
—No lo soy. Me estoy enfrentando a ti.
—¿Así es como lo quieres?
—Sí.
—Pues así será.
Las miradas se volvieron más tensas. Uno dio un paso atrás. El otro sacó su afilado cuchillo.
Esquivó de manera certera la primera estocada. La segunda la salvó por los pelos. Se escuchó cortar el aire.
La tercera vino de improviso.
Le cercenó un apéndice.
Su sangre amarilla salpicó la pared.
—Ya está. No ha sido para tanto.
—Duele.
—Quejica.
—Era mío.
—El tentáculo estaba infectado. Pronto se hubiera perdido, pero además te podía haber afectado a un órgano.
Sus tres ojos miraban al suelo.
—Sabes que te volverá a crecer, ¿no?
Con vergüenza, afirmó con la cresta.

Era mio
Love of Lebian – El astronauta que vio a Elvis

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