De palabra

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El sol se negaba a despertar. Una fina capa de lluvia cubría la verja de la entrada. Sus zapatos esquivaron el barro. Sus nudillos evocaron su presencia.

Un minuto exacto tardaron en abrir.

—Buenos días, señora Mari Conchi.

—Padre. Qué sorpresa. Entre, entre. No se quede aquí, en la puerta.

El viejo portón de la entrada se quejó al cerrar. El eco de sus pasos los siguió.

—¿Quiere que le prepare un café?

—No se moleste. En verdad solo quería…

—¿Hablar con él? —interrumpió.

—Sí. Eso quería.

—¿Tiene cita?

—Pues…

—Anda bastante solicitado. Pero le hará un hueco.

Esperó en el pasillo. Se frotaba los dedos, ansioso por el frío. Se fijó en que había barro en el borde de su sotana. Debía haber traído paraguas. Allí siempre llueve.

—Entre, padre. Lo recibirá en un segundo.

Entró en la habitación con un «¿Se puede?» en la mirada. Se sentó en el viejo sofá y volvió a esperar.

—Bueno. Os dejo solos.

Frente a él, una niña. De pelo rizado y traje anticuado. Azul marino con motivos blancos. Ella agarró una pequeña silla de plástico y se sentó frente a él. Demasiado cerca.

—Hola, padre. ¿Qué quiere de mí? —dijo con una dulce voz.

—Vengo a hablar con él.

—¿Con quién?

—Ya sabes.

—No. No sé.

—Con él.

—¿Y quién es él?

—Con…

Un parpadeo rápido le cambió el color de los ojos. De un verde intenso a rojo sangre. Su voz cambió. Ya no era suya.

—Volvemos a vernos, cura. ¿Qué quieres ahora? —dijo la voz de un viejo en el cuerpo de la niña.

—Quiero volver a negociar nuestro contrato.

—¿Qué ha pasado? ¿Hay algo que no se ha cumplido? ¿Cuántas almas hemos ganado?

—No me quejo de eso. Han sido muchas.

—¿Las condiciones, quizás? Una de cada diez son unas condiciones excelentes.

—Ah. Entiendo. Es algo que le afecta a usted. ¿Quién es ella?

—No hay ninguna mujer.

—Entonces, ¿quién es él?

Silencio.

—Vamos, hombre. Sabes que no me voy a escandalizar.

—Es el párroco de San Antonio.

—Ah. Don Severino. ¿No es un poco mayor para ti?

—Quiero que desaparezca.

—Ah. No era una cuestión de amor. Era de odio.

—No es eso. Es supervivencia.

—¿Lo está amenazando? ¿Qué tipo de peleas tienen los curas entre ellos?

—Me está robando los feligreses. Yo los convierto y él se los lleva a su parroquia.

La voz del anciano rió con ganas. La niña no modificó su expresión.

—Claro. Él les da más vino.

—Pues no lo entiendo. Ese no era el trato.

—¿Cómo que no? Yo le daba la capacidad de convencer. Y de cada alma que comulgara, la décima era mía.

—Sí. Pero no se quedan.

—Ya. Pero yo he cumplido con lo que tratamos. Usted es quien los deja ir.

—Pues impídale a ese energúmeno que se los lleve.

—Me encantaría. Pero no puedo hacerlo.

—¡Vamos! ¿Por qué no? ¿No es usted tan poderoso?

—Sí. Más de lo que se cree.

—¿Entonces? ¿No puede quitarlo del medio?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque, además de poderoso, soy de palabra.

El cura abrió los ojos. Había comprendido la verdad.

—Entonces no puede hacerle nada.

—No.

—¡Vamos! Ni tan solo asustarlo un poco.

—Eso quizás podría hacerlo.

—¿Y por qué no lo hace?

—Porque no me ha pedido que lo asuste.

—¡Pero quiero que se vaya!

—Eso no figura en el contrato.

El cura se levantó de golpe.

—¡Pues habrá que modificarlo!

La niña sonrió por primera vez.

—Eso sí podemos hacerlo.

—¿Y cuánto me va a costar?

La voz del anciano se volvió casi alegre.

—Ahora sí estamos hablando de negocios.

Un trato es un trato

Marilyn Manson – If I Was Your Vampire


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