
Se había despertado con malestar. Esa sensación que se agarra al estómago y no desaparece. Tomó una manzanilla e intentó distraer la mente con trabajo. Había árboles que podar, maleza que limpiar y riego que ofrecer.
El naranjo sacudió uno de sus frutos, que golpeó el suelo. Ella lo recogió. Estaba podrido.
Había algo. No sabía qué. Pero no era bueno.
Despertó al holgazán de su hijo. No había colegio y estaba ocioso. Abrió la despensa para preparar el desayuno. La leche estaba cortada.
Eso era un aviso.
No quería perderlo de vista. Por si acaso. Preparó unos bocadillos y salieron al campo.
El sol latía sin fuerza, pero hacía bochorno. Con la frente brillante, recogía ramas del suelo cuando, de la nada, apareció un cuervo. Le arrebató la que estaba a punto de coger y desapareció graznando.
Mal augurio.
—Vamos, tenemos que marchar.
El niño estaba entretenido tirando piedras a un árbol. Se sorprendió por la urgencia en su tono.
—¿Qué pasa, mamá?
—Nada. Tenemos que irnos.
La presión de la atmósfera era agobiante. Subieron apresurados la colina que lindaba con la finca. Desde allí podían contemplarlo todo: la huerta, los frutales, la casa… Todo respiraba una calma extraña.
Demasiada calma.
Hasta que se rompió.
El rugido desgarró las nubes. El cielo vomitó humo negro que estalló contra el suelo. Arañó la tierra, derribando árboles y muros. La explosión destrozó su hogar.
Humo.
Polvo en suspensión.
La mujer cubrió los ojos de su hijo. Esperó a que el aire se limpiara lo suficiente para mirar. Amasijos de metal humeante, piezas desparramadas por el campo. Un par de alas fragmentadas le dio una idea de lo que había ocurrido.
—Mamá, hay un hombre volando.
El paracaídas tenía un color sucio. Descendía girando alrededor del montículo, como un buitre paciente. Se balanceó y cayó al suelo. La tela onduló encima del piloto.
La mujer se acercó con desconfianza. Despacio, apartó el nylon y dejó al descubierto el uniforme. Le quitó el casco con cuidado y comprobó su respiración. Él abrió los ojos, la miró, y su rostro se llenó de lágrimas.
—Se averió una turbina… No pude hacer más…
—Tranquilo. ¿Había alguien más en el avión?
—No. Solo yo.
La mujer pensaba en lo extraño del accidente.
—Entonces, por suerte, no hay vidas perdidas. ¿Qué hace el ejército por estas tierras? Aquí no hay nada.
—Yo solo transportaba una valija… —El piloto se incorporó de golpe. Su expresión cambió—. ¿Dónde cayó el avión?
—A pocos metros.
—Vámonos. Tenemos que irnos.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
El piloto la miró como si acabara de recordar algo que no debía olvidar.
—Transportaba un agente biológico. Y probablemente… ya es tarde.

El mundo siempre avisa antes de romperse.
Explosions in the sky – First breath after coma

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