
La catedral se erguía imponente sobre el fiero acantilado. Un remoto lugar que ocultaba un secreto ancestral.
Tras tanta miseria y sufrimiento, ya estaba allí.
Tan solo le separaban unos metros.
Había llegado por fin.
Agarró con su encallecida mano el primer saliente de roca afilada y comenzó a escalar.
Partieron desde el Puerto de Lagos años atrás. Una sola carabela, sin la vistosa Cruz de Cristo en las velas. Treinta tripulantes, de los que solo quedaba él.
Sangraba por las manos, pero siguió ascendiendo.
Se lo debía a los que habían caído.
Él no podía rendirse.
El sol castigó su piel, pero ya no podía quemarlo.
Solo faltaba un paso más.
No podía desfallecer.
Terminó arrodillado ante la puerta cerrada de la antigua edificación.
Cerró los ojos.
Descansó un instante.
Debió de dormir unas diez horas.
Cuando despertó, el sol empezaba a caer.
Empujó la puerta.
La madera respondió con un largo chirrido.
Dejó la espada junto a la entrada. No podía profanar un lugar sagrado.
Avanzó entre las filas de bancos hasta llegar al altar.
Allí había un rectángulo negro donde debería estar la cruz.
¿Qué clase de herejía era aquella?
El cáliz estaba allí.
O eso parecía.
Un extraño objeto metálico con forma de copa, aunque incapaz de contener líquido alguno.
Alargó la mano para tocarlo.
El artefacto se iluminó.
Dio un paso atrás.
El rectángulo negro de la pared despertó también. Una cascada de colores comenzó a moverse sobre su superficie. Resultaba doloroso mantener la vista fija en él.
Entonces una voz habló.
—Bienvenido al Cáliz de la Sabiduría. ¿En qué puedo ayudarle?
El caballero freire retrocedió otro paso.
Miró a su alrededor.
Era el cáliz quien hablaba.
—¿Puedo contar con vuestra ayuda?
—Por supuesto. Ese es mi cometido. Tan solo necesito que se identifique.
—Soy João Gonçalves Zarco, capitán de la carabela Santa Maria da Tomar.
—Perfecto, Irmão João. Verificación completada.
Ya casi está.
Solo necesito la contraseña para acceder a todos mis datos.
—¿La… contraseña?

Ya casi está
Vangelis – Conquest of Paradise

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