
—¿Falta mucho?
—Un poco.
Las piedras se desprendían. La inclinación del relieve no ayudaba mucho. El camino era severo, pero inevitable. Llegarían a la cima a la hora pactada.
—¿Por qué tenemos que subir aquí, papá?
—Es necesario.
La luz empezaba a desvanecerse cuando dieron el último paso.
Bajo ellos, todo era belleza.
Un mar plateado que ondulaba hasta el horizonte. La luz de un astro que empezaba a desaparecer. Y, en el cielo, alguna estrella errante.
No había nada más que no fuera mensajero del silencio.
Nubes escoltando al astro rey, que emitía un rayo de luz.
Un rayo que transportaba un mensajero.
Cayó desde el firmamento.
Se incorporó.
Saludó sobriamente con la mano.
Y se acercó.
—¿Es él?
Dijo señalando al niño.
El padre asintió.
—Déjame reconocerlo.
El rayo de sol iluminó la cara del niño.
El extraño le puso la mano en la cabeza.
Respiró hondo.
Y negó con la cabeza.
—¿Podéis hacer algo?
Hubo un silencio.
El extraño miró hacia el cielo.
Ya casi no quedaba luz.
—Era grave. Muy grave.
—¿Entonces?
—Ya no. Ya no hay nada.
El niño respiraba con facilidad.
Nunca había sido así.
—Nosotros hemos cumplido.
—Aquí tenéis.
Abrió su mochila.
Lo desenvolvió de su cubierta de papel.
Ahí estaba.
El bizcocho casero más grande que podía transportar.
El extraño lo miró.
Pellizcó un pedazo, lo contempló con curiosidad y se lo metió en la boca.
Puso los ojos en blanco.
Sonrió.
—Después de lo que habéis hecho por mí, si queréis más, solo tenéis que pedirlo.
El ser lo miró.
—Así haremos.

—¿Les gustan los bizcochos?
—¿Y a ti no?
Psychic TV – Set The Controls For The Heart Of The Sun (Pink Floid)

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