
La luz, empañada por el polvo en suspensión, descubrió el interior del baúl. Quedó maravillado. Recuerdos aferrados a ropa vieja, zapatos y algún abalorio oxidado por el olvido. Una lágrima de despedida decidió derramarse sobre el tejido.
El color había empezado a huir de su destino. Aun así, se veía bien. Revólveres y rosas sobre un círculo amarillo. Se imaginó en una fotografía descolorida. Melena negra, dulce mirada gris en pose de malo, ganas de salir a romper el mundo.
Ahora, roto por la despedida, decidió rendirse un último homenaje, rescató la vieja camiseta y se la puso como un estandarte.
El calor lo abofeteó. La calle parecía desierta. Todo lo más, una mancha negra que se aproximaba sin prisas. Imaginó otra vez bicicletas de verano, como en aquellas pandillas de las series del canal público.
Ahí se estaba acercando.
Un joven en chándal sobre un patinete eléctrico.
—Hola, broh.
—Buenas tardes, joven.
—¿Estás perdido? No te he visto por aquí nunca.
—¿Qué? ¡Ah! Sí. Esa casa pertenecía a mis padres. —Contestó señalándola—. La estoy vendiendo.
—¿Eres el hijo de Paco Maco…? Esto… ¿De don Francisco, el profesor?
—Sí. Y hace mucho tiempo vivía ahí.
—Ostras, broh. Seguro que conoces a mi padre.
—¿Quién es tu padre?
—El Migue… Esto… Miguel Hernández.
—Joder, el Migue. ¿Está en casa?
—Ahora mismo ha llegado del trabajo.
—Pues voy a visitarlo.
—La tercera casa a la izquierda, señor. La de color azul.
—Lo sé.
Se despidió del chaval con la mano y avanzó hacia la casa color cielo.
Tres golpes en la puerta. Eso era lo pactado.
Se abrió y un señor que parecía haberse comido a Migue apareció en el marco.
—¡Joder! ¿Pedro?
—¿Migue?
—¿Todavía cabes en esa camiseta?
—Veo que tú no.
El abrazo fue inmediato.
Sincero.
Ancestral.
—Pasa, pasa. Te invito a una cerveza.
—En realidad quería pasar por el pueblo. Tengo que dejarlo todo terminado antes de que vengan los de la inmobiliaria.
—¿Vamos a la tasca?
—Eso no puede faltar.
—Espera, que me cambio de ropa.
—No tardes, que te conozco.
Unos vinos después, los dos viejos compañeros empezaron a poner al día los huecos del pasado.
—Ya ves. Buen sueldo y gente aburrida. Pero formé una bonita familia que me espera.
—Aquí todo lo contrario. El trabajo es escaso, terrible y mal pagado. Pero la gente…
—No pensábamos lo mismo de jóvenes. ¿Sabes algo de los demás?
—De casi todos. Me casé con Sara. Lo sabías, ¿no?
—No, no lo sabía. Pero me lo podía imaginar.
—¿Por qué? Si nos llevábamos a rabiar.
—Pues por eso. ¿Y Tomás Tomate?
—Ese sigue metido en la música.
—¡Guau! ¿Fundó otro grupo?
—Qué va. Trabaja en la tienda de instrumentos que hay en Ronda.
—Sergio andaba con un negocio de discos usados cuando me fui.
—Sí. Fracasó. Se los pirateamos todos.
—Ya me parecía a mí. ¿Y Bea la Fea?
—Pensaba que no me ibas a preguntar por ella.
—Cómo no hacerlo.
—¿Sigues colado por ella?
—Bueno… Tengo familia y los quiero mucho. Pero ya sabes qué pasa cuando vuelven los recuerdos…
—Que sí, que sí. Trabaja en la papelería. Ahí enfrente. Ve a saludarla.
—Es que…
—A lo mejor ahora sí que te hace caso.
—Mejor no, que…
—¡Venga, gallina! Ve. Si no, te vas a arrepentir. Que yo lo sé.
—Vale… Bueno. ¿Vienes?
—¿Con este calor? Yo te espero aquí.
Con cierto temor entró en el comercio.
Estanterías escrupulosamente ordenadas hacían de pasillo hasta un mostrador escueto.
Allí había un señor vestido de oscuro, con el pelo muy corto, tras un libro abierto.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes. ¿En qué le puedo ayudar? —respondió sin abandonar la lectura.
—Preguntaba por Bea.
El hombre levantó la vista.
—¿Bea?
—Sí. Beatriz Castro.
El librero sonrió.
—Hace mucho que nadie la llama así.
Entonces lo observó con detenimiento.
De arriba abajo.
Como si buscara a alguien escondido bajo los años.
—¿Pedro?
—Sí… soy yo.
Pedro se volvió.
Migue se doblaba de risa junto al escaparate.
Cuando volvió a mirar al librero, este sonreía.
—Por las carcajadas de aquel energúmeno veo que no sabes nada.
Hizo una breve pausa.
—Me alegro de verte, Pedro.

—¿Sigues cabiendo en esa camiseta?
—No. Pero todavía cabe una parte de mí.
Guns N´Roses – Patience

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