Chao, pescao

Published by

on

Las lágrimas caían. No podía evitarlo. No podía dejar el volante. Taparme el rostro, aunque fuera por instinto, era un suicidio.

Bajé la ventanilla para refrescarme y aumenté un poco la velocidad para no pasar vergüenza por mi llanto tan amargo.

Del amarillo pasó al rojo.

Joder.

Tenía que parar.

Lo último que necesitaba era un payaso.

Y había uno.

Pelotas en mano, pisando la línea de detención.

Su acrobacia era simple. Su mano estaba dispuesta a pedir, claro. Se asomó con la cara pintada y vio toda mi tristeza.

—Oh. ¿Qué te pasa?

—No es nada.

—Sí, ya. Se te ve.

—Que no es nada. Toma el euro ya y me dejas…

—No. No. Tú necesitas otra cosa. Necesitas terapia de payaso. Y eso tiene tarifa extra.

Del rojo pasó al verde.

Pero ella, el payaso, tenía medio cuerpo dentro del coche.

Los de atrás pitaban y yo me desesperaba.

—De verdad que no necesito ayuda.

—Venga. Si no tienes nada que perder. Además, te acaban de dejar y ya tienes a una chica dispuesta a que la invites a desayunar. Un poco payasa, eso sí.

—¿Cómo sabes que me han dejado?

—Se te ve en la mirada.

—Me voy a arrepentir, pero en fin… entra.

Entró.

Por la ventana.

Dejó deslizar su cuerpo hasta llegar al asiento del copiloto.

Yo miraba hacia todos lados.

Ella se acomodó como si aquello fuera lo más normal del mundo y me dedicó una sonrisa.

El mismo tono que lucía otra vez el semáforo.

—Hoy no salimos de aquí.

—Da igual, no tengo prisa. ¿Cómo te llamas?

—Carlos. ¿Y tú?

—Hoy soy el payaso Agapito.

Hizo sonar una pequeña bocina de pera.

—¿Cómo te llamas cuando no te maquillas?

—Cuando no me maquillo me llamo Lucía.

—¿Y qué te lleva a pedir en los semáforos?

—Oye, no pido en los semáforos. Hago labor social remunerada mediante donaciones.

—¿Y te da para vivir?

—Casi que no. Pero prostituirme me da más grima.

—Eh. No. No quería…

—Es broma. Estudio y tengo becas. Con esto solo me pago los caprichos. Ya sabes. Salir, beber, el rollo de siempre.

—Anda. La señorita payasa tiene buenas notas.

—Y hambre. Para ahí delante. Hacen buenos bocadillos.

El local olía a fruta pasada. Había moscas y muchos estudiantes luchando por una mesa.

Compramos bocadillos, refrescos y un pedazo de tarta de manzana.

Después nos refugiamos en el coche, buscando algo de tranquilidad.

—Bueno. ¿Qué haces en tu tiempo libre?

—¡Ah, no!

Tocó la bocina otra vez.

—Que sepas que esto no es una cita. El triste y lloroso eres tú. Yo soy la terapeuta. Así que háblame de ti.

—Bueno. Vale. Me llamo Carlos.

—Hola, Carlos. Te queremos, Carlos. Ahora dime algo nuevo.

—Soy natural de Gerona, pero vivo en…

—Eh. Ya rellenarás tu perfil de Tinder más tarde. ¿Por qué llorabas?

—Porque me dejó mi novia.

—Vale. Háblame sobre eso.

Tomaba notas con un bolígrafo imaginario.

—Pues eso. Me dijo que lo nuestro no iba a ningún lado.

—Ajá.

—Que no era culpa mía. Que yo era un cielo…

—Ajá.

—Pero que ella necesitaba vivir la vida.

—Ajá.

—¿Ajá qué?

—Ajá que sigas contando.

—¿Pero qué más te voy a contar? Ha sido una ruptura como otra cualquiera.

—¿Te suelen dejar?

—Bueno…

—Te suelen dejar. Eres aburrido.

—¿Qué? No. Soy muy divertido. Imagínate. Estoy aquí contándole mis penas a un payaso que me encontré en un semáforo. Estoy abierto a la aventura.

—Es verdad. Yo podría ser una violadora de llorones.

—¿Lo eres?

—No te hagas ilusiones.

Entonces me fijé mejor.

Detrás del maquillaje blanco y rojo asomaba una cara de ángel y una mirada intensa.

—Oye. Me tendré que ir ya. ¿Te dejo en algún sitio?

—Sí. En el semáforo de antes.

—Vale. Está aquí al lado. Llegamos en nada.

—Me dejaste con una duda. ¿Qué estudias?

—Y tú me dejaste con otra. ¿Por qué te dejó tu novia?

Esperé al rojo disminuyendo la velocidad y me detuve junto a la línea de siempre.

—Quizá sea buena idea volver a quedar para continuar la terapia.

Ella se inclinó hacia mí.

Y me dio un beso.

En la boca.

Pero sin abrir los labios.

Dejándome toda la cara pintada.

—Chao, pescao.

Salió del coche.

Y dejó una tarjeta atrapada bajo el limpiaparabrisas.

Lucía Serrano
Psicóloga.

Nunca subestimes un semáforo en rojo

Extremoduro – Salir


Descubre más desde El descanso del Onironauta

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


, , , ,

2 respuestas a «Chao, pescao»

  1. Avatar de beauseant

    Todas las psicólogas, o estudiantes de, que he conocido, estaban un poco locas… Pero, oye, tampoco tengo claro si se puede tener una vida equilibrada sin un poco de locura en uno de los platillos de la balanza.

    1. Avatar de DeOniros

      Yo creo que sin un poco de locura uno se vuelve totalmente chiflado. Hablando de psicólogas, me encontré a una en un bar, un sitio perfecto para hacer prácticas, pienso. Que a la tercera copa no sabía si diagnosticarme autismo o Tdah. Me quedé con la duda. A la quinta solo emitía farfullos. Por suerte había alguien peor que yo que le llamó la atención y pude ocultarme detrás de las jarras.

Deja un comentario


Descubre más desde El descanso del Onironauta

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo